Cuando me enteré que el arte teatral del Noh japonés vibraba a través de la puesta de Norma de Robert Wilson, me fui a Zürich para verla por una vez sin esos sacerdotes y sacerdotisas envueltos en sábana blanca empeñados en aplastar cualquier dramatismo genuino con un melodramatismo de cine mudo. El cine mudo me gusta porque es mudo, pero, ¡imagínese el lector qué ocurriría si también pudiéramos escuchar los aullidos desesperados de la mamá cuyo bebé se le va escaleras abajo en El acorazado Potemkin! Sería para llorar de risa, ¿no? ¡No! dirán los que ven a la ópera como un arte cuya legitimidad entienden como lo que era antes de la aparición del cine hablado. ¡Sí al Noh!, retrucamos los empecinados en ver esta Norma japonizada con arquetípicos movimientos de brazos, manos y dedos con que cada personaje responde a la música y se traslada…
Comentarios