Opinión

Ópera, sexo y falacias

Agustín Blanco Bazán

viernes, 12 de julio de 2019
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¡Críticos de ópera en pie de guerra! La respuesta de Enrique Sacau a dos notas de Gonzalo Alonso sobre un presunto lobby gay en la ópera me ha tentado a terciar con algunos comentarios adicionales. Parece ecuánime atender al pedido de Alonso de leer lo que él ha escrito, por ello me permito pasar los links al lector. El primero es la nota de Alonso originaria de la polémica y el segundo es un retruque donde Alonso reseña elogios e insultos al primero.

Entre los elogios figura un “¡Bravo Gonzalo!” de Teresa Berganza en apoyo a la nota de La Razón madrileña donde Alonso glosa y suscribe las críticas de un articulista alemán llamado Loris Maudrad sobre la irrupción en la ópera de obscenidad, sangre, violencia sexual y física y promiscuidad. Alonso agrega la coprofilia, y,… ¡bravo Berganza! por representar con su excelencia artística y profesional a quienes se sienten agredidos por puestas extremadamente explícitas. Naturalmente no todos tienen que ser como yo, que considero a experimentos con la sexualidad explícita algo consustancial a la actualización de cualquier arte teatral, desde el cine y el teatro hasta las óperas de Bellini o Donizetti. Por ejemplo, la Lucia de Harry Kupfer masturbándose en sincronización con la coloratura de su insanidad en la Komische Oper de Berlín fue decididamente traumática para los que la vimos pero queda para mí como una revelación de la grandeza intemporal de esta gran ópera. Pero volvamos a nuestra “polémica.”

¿Por qué asocian Alonso y Maudrad el asco al sexo excesivo o provocador con una andanada contra un presunto “lobby gay,” que, según ellos, estaría dominando el mundo de la ópera? ¿Es posible hablar de algo organizado como “lobby” en estas circunstancias? Categóricamente sí, según Alonso, que en su segunda nota también sugiere la existencia de un lobby judío sin indicar si se refiere a uno en la ópera o a algo diferente. La palabra lobby alude a una organización con fines determinados y en este sentido es innegable que existen muchos lobbies organizados y aún institucionalizados,  por ejemplo en los pasillos de centros de poder como el Congreso de los Estados Unidos. Y yo mismo pertenezco a un lobby en Londres que favorece la reanudación de negociaciones entre el Reino Unido y la Argentina sobre la soberanía de las Islas Malvinas. ¡Lo que nos peleamos con el lobby de los isleños que, comprensiblemente, no nos pueden aguantar!

¿Pero qué es eso de un “lobby” gay dominando la vida operística? ¿Y que es lo que quiere dominar el lobby judío aludido por Alonso?  El interrogante es tan pertinente como el que merecen los panfletos distribuidos en la Viena de fines del siglo XVIII que atribuían a La Flauta Mágica el carácter de obra subversiva de los masones, que recordemos, en España eran hasta hace relativamente poco tan ilegales como los comunistas.

La réplica obvia a estas teorías conspirativas es que tanto los homosexuales como los judíos conforman una humanidad tan heterogénea como la de los heterosexuales y los no judíos. Es por ello que la sexualidad extrema anatemizada por Maudrad y Alonso como producto gay también podría ser de factura heterosexual. Pero no: ambos relacionan lo que critican con una orientación sexual determinada. Dentro de este contexto técnicamente discriminatorio los elogios que se preocupan por dirigir a algunos directores de escena homosexuales suenan un poco como la conocida excusa de “algunos de mis mejores amigos son judíos.” Algo parecido a la relativización del antisemitismo de Wagner con la excusa que no era para tanto si se tiene en cuenta que eligió al hijo de un rabino para dirigir el estreno de Parsifal.

¡Pero ocurre que algunos de los directores vilipendiados por Maudrad y Alonso no son homosexuales!  ¡Y no es cierto que en las puestas de Calixto Bieito para Don Giovanni y Traviata, Leporello tenga sexo con su amo, o Violetta y Annina estén en una relación  lésbica! Mendacidades como éstas recuerdan las acusaciones de grupos nacionalistas alemanes contra artistas innovadores de la República de Weimar que, fueran o no judíos, eran victimizados como representantes de una cultura “hebrea.” Por ejemplo, todo lo que no gustaba a Cosima Wagner era simplemente “hebreo”. Y también su hijo Siegfried veía influencias “hebreas” en escándalos como Salomé, sin duda la ópera más necófila jamás compuesta. Pero ¿por qué este empeño en atribuir excesos existentes en cualquier inclinación sexual exclusivamente a los homosexuales, en forma similar a la atribución de cualquier degeneración cultural a la influencia judía en la Alemania de preguerra?

El concepto de degeneración artística está frecuentemente asociado con visiones pseudo religiosas del objeto de los ataques de los degenerados. Y tampoco aquí faltan algunos conceptos recogidos por Alonso y Maudrad. Por ejemplo: una puesta de Carmen es calificada como “sacrílega”, como si Carmen fuera un rito similar a…¡sí!,  similar a ese Parsifal que los Wagner querían conservar en Bayreuth como “festival sagrado” con templo propio y exclusivo. ¡Qué tenga cuidado quien intentara violar esta sacralidad! Así como los Wagner veían la mano de los judíos en las puestas de la Kroll Oper, pareciera como si los denunciantes de un presunto lobby gay vieran los designios de este lobby en el antojadizo final de otra Carmen, donde la protagonista mata a Don José. Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a considerar este final como una imbecilidad y confieso que en principio tiendo a compartir este criterio. Pero lo que no comparto es contextualizar esta opinión como parte de un ataque a un imaginario lobby gay.

Y hablando de Carmen: mi oposición a la autocensura como respuesta a broncas populistas me llevó en su momento a criticar la decisión del Teatro Real, apoyada por Alonso, de autocensurarse al suprimir el uso de una bandera española en el último acto de la Carmen de Bieito. Es una bandera española que, salvo en Madrid, circula en muchos escenarios que presentan esta puesta. Y supongo que todos los  públicos congregados frente a estos escenarios entienden que la bandera es una alusión crítica al errado uso de símbolos nacionales por el deporte y el consumismo. Así lo han entendido en todos los países lo suficientemente maduros culturalmente para comprender que las ficciones escénicas no son realidad literal, recordemos que en la producción de Londres de Don Giovanni se meaban en la bandera británica.  Pero pareciera como si en España sucediera algo parecido a lo que ocurría hace muchos años en una provincia argentina, donde algunos radioyentes de un culebrón célebre esperaban al villano para insultarlo a la salida del estudio. Es así que mientras París se burlaba del grupo que manifestaba contra la Carmen de Bieito frente a la Bastilla, el Real prefirió sacar la bandera. Porque Madrid, claro está, no es Paris. ¡Gracias a Dios, dirán, supongo, esos manifestantes transpirenaicos que allí acudieron para defender la honra de una bandera que nadie entendía deshonrar!

Y aquí corresponde dedicar un párrafo a la obsesión ibérica anti-Bieito. Pareciera como si la victimización de éste, el más famoso y mundialmente reconocido director escénico español, se hubiera transformado en un deporte de los exégetas de la ópera tradicional, que con rencor obsesivo insisten en recordar los inodoros de Un ballo in maschera sin analizar aciertos y errores (¡con abundancia de ambos!), no sólo en esta producción sino en las muchas siguientes que acreditan la evolución y creciente madurez de un artista tan talentoso como polémico. Por supuesto que el artículo de La Razón no falla en volver a jugar con la mierda de estos inodoros verdianos habilitados hace casi veinte años. ¿No es hora de tirar la cadena y limpiarse de prejuicios tan coprófilos como añejos?  ¿Y dejarán los anti Bieito de seguir mintiendo en alusiones como las de Don Giovanni y La Traviata antes mencionadas?

Que la contribución crítica de Alonso y Maudrad haya sido publicada en la temporada de celebraciones de Orgullo Gay 2019 implica un ensañamiento ideológico que no puede ser soslayado. Tampoco puede serlo el hecho que el artículo de Maudrad apareció en un periódico pío que recuerda al catolicismo de preguerra de la Acción Francesa de Charles Maurras. Parece que el artículo ha sido retirado de Katholisches, tal vez por consejo de alguien que vio en él un exceso poco compasivo para con los pecadores del presunto lobby gay. ¡Pero no importa!, el mensaje  fue recogido por PI (“Politically incorrect”), una publicación neofascista sin vergüenza de su ideología xenófoba, y anti musulmana que sirve de plataforma al PEGIDA. Se trata de una asociación extremista alemana directamente sindicada como inspiradora de de feroces ataques de violencia contra inmigrantes y refugiados. Al parecer, Alonso y Maudrad creen que ahora debería llegarles el turno a los directores de escena operísticos.

Es precisamente el potencial de violencia (no sexual) encerrada en este tipo de prejuicios el que me animó a escribir estas líneas, aún cuando varios periodistas profesionales fueron unánimes en considerar que el artículo de La Razón no merecía siquiera el esfuerzo de una réplica. Es pensando en PEGIDA que disiento con esta displicencia. Demasiados ejemplos tenemos de exabruptos que, de “opinión”, pasaron a ser armas de efectivo poder intimidatorio. El mundillo de la ópera es frecuentemente mezquino, primitivo y de pasión futbolística en sus excesos de amor u odio a cantantes y regisseurs. Pero no todos estamos dispuestos a aceptar con espíritu deportivo victimizaciones con nombre y apellido apoyadas en la mendacidad a propósito de un lobby inexistente y una visión tan parcial y agresiva como incorrecta del teatro experimental. El día que estas victimizaciones sean respondidas como sus autores desean será un día aciago para todos, gay y no gay, judíos y no judíos.

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