Sobre Daniel Harding pendieron, siendo él muy joven, los más encendidos presagios. Aquellos presagios, afortunadamente, no se han convertido en losas, y Harding ha madurado como un músico libre y creativo de solvencia, aunque me pregunto si a la altura antaño vaticinada. La Orquesta de París, por su parte, es opulenta: en su vestimenta, en su arpa, en su sonido no exento de una carnalidad elegante, personal y sublimada... Estos fueron los elementos protagonistas de un concierto sinfónico de desigual interés, en el que la archiconocida Pastoral adoptó la forma de un poliedro, con diversidad de enfoques, con diversas irregularidades y claros altibajos, y Berlioz en cambio fue apasionante pese a los denodados esfuerzos del viola solista, Tamestit, por banalizar tan exigente partitura.
La Pastoral es una sinfonía maravillosa y desde luego…
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