Sé que el Teatro Mariinski es una organización enorme. Sé que el emporio cultural da como para presentar dos o tres funciones a la misma hora en su sede múltiple de San Petersburgo, mientras otra parte de su personal está de gira en cualquier lugar del mundo. Sé que todos sus miembros -los músicos y los que no tocan, cantan ni bailan- son artistas estupendos y a la vez trabajadores leales y abnegados. Y sé que Valeri Gergiev está al férreo mando de ese ministerio paralelo desde hace décadas, y que sus compromisos artísticos y administrativos le obligan a dormir poco.
También sé que, cuando se contratan sus servicios fuera de Rusia, al Mariinski se le pide que interprete repertorio ruso; y que si ese repertorio es de los que llena las salas, mejor todavía. Lo mismo que sé que no se cansarán nunca de tocarlo, porque si algo caracteriza a…
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