El castillo de Barba Azul es una obra colosal y Treviño la ofreció con gran intensidad sonora y con muy fuertes contrastes: de su mano, el claustrofóbico relato iba oscureciéndose a medida que las puertas del castillo se abrían, hasta alcanzar una negrura y un terror de una pureza como sólo se paladean a través de los cuentos. Cómodo en el interior del castillo, disfrutando con un material sonoro e ideológico fascinantes y de vigencia pasmosa, habitaba un Treviño arrollador, muy protagonista y poseedor -claramente- de una visión perfilada y clara de la ópera de Bartok. El precio de una versión tan suya y tan enfática fue que no pocas veces pareció olvidar que tenía, a sus espaldas, a una señora y un señor cantando. Cantando muy bien, por cierto.
Rinat Shaham fue una excelente Judith. Mezzo de ley, con capacidades tanto en graves como en…
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