Loable esfuerzo de la Orquesta de Euskadi para que el primer concierto de su nueva temporada no pudiera confundirse, de ninguna manera, con el último de una temporada anterior. El programa estaba pensado como un hito, como una señal que era al mismo tiempo una sombra y una incertidumbre, pues nadie sabía qué se iba a interpretar y si alguien lo sabía o plaza a plaza se iba enterando, jugó también y preservó el secreto. Y había más cosas bajo esta invitación al juego, que era en realidad un guiño conceptual a la incertidumbre que acompaña a todo viaje en sus inicios: cuatro de las seis obras las interpretaba la orquesta por vez primera, una era estreno absoluto y la sexta, de Usandizaga, cerraba el programa y era como el regreso a un hogar cálido y con olor a pan tostado. El inicio de la temporada no fue una ocurrencia sin implicaciones y…
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