El universo creativo del compositor húngaro György Kurtág (Lugoj, 1926) está, con frecuencia, marcado por un halo sombrío: el que se deriva del reguero de pérdidas con el que nos va golpeando la vida al recorrer, a través de ella, el tiempo. Muchas de sus partituras reflexionan sobre la ausencia y el eco esfumado de a quien se añora, convertido en un espectro que, desde la distancia, se resiste a engrosar el voraz abismo del olvido; tales eran, por tomar una obra paradigmática de su catálogo al respecto, los Послания покойной Р. В. Трусовой (Mensajes de la difunta R. V. Trusova, 1976-80). Se conforma, así, una parte sustancial de la estética kurtagiana a partir de lo que podríamos definir como una sensualidad de la ausencia, marcada por la fisicidad y el anhelo de ser de aquél de quien se perpetúa, post mortem, la voz y la conciencia.
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