Ópera y Teatro musical

Ópera, buenos y malos

Enrique Sacau

viernes, 6 de diciembre de 2019
Lógica y creencias © Borboletas & poesías

Se dice que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Pero quizás lo más curioso de los poderosos es como olvidan la máxima de Spiderman: gran poder trae consigo gran responsabilidad. 

Este fin de semana de gripe en casa fui saltando de ópera en ópera y acabé pasmado ante la escena entre el Gran Inquisidor (Eric Halfvarson) y Felipe II (Jose van Dam) de la famosa producción de Don Carlos de Luc Bondy dirigida por Antonio Pappano en 1996. 

El director escénico no puede hacer más por humanizar al rey y deshumanizar al cura. Yo que soy poco religioso siempre he encontrado está escena enormemente inquietante. Cómo es posible, me preguntaba yo (como hace Felipe), que el poder político se incline ante el supersticioso. 

Pero el contexto lo es todo y, esté o no uno de acuerdo políticamente con el Inquisidor, lo cierto es que le recuerda al Rey que su trabajo es luchar contra el Reformismo. Le recuerda también que es un frívolo irresponsable, que lo quiere todo: poder, amor, amistad. Me vi simpatizando con el Inquisidor, me puse de su lado. Se lo debo a los príncipes Andrés y Enrique, que en las últimas semanas han dado entrevistas de vergüenza ajena a la BBC en las que, como Felipe II, sin comprender su privilegio, solicitan que se les trate con respeto y humanidad. Les recomiendo, como haría el Inquisidor, que se bajen del coche oficial, se muden a Birmingham y encuentren trabajo capando papagallos por el sueldo mínimo. Heine lo dice mas elegantemente en su poema Atlas: “Quisiste ser feliz, infinitamente feliz o infinitamente desdichado, corazón orgulloso, y ahora eres desdichado”. 

Con las convenciones musicales y teatrales de su tiempo, Verdi (y toda la ópera del XIX) también se pone de parte del Rey. Al fin y al cabo, la ópera de ese período narra conflictos personales y acerca las tribulaciones del monarca a las del enamorado, padre, hijo o amigo medio. Son esas convenciones, musicales y teatrales, las que se nos meten bajo la piel y nos impiden simpatizar con, o al menos entender el punto de vista de Germont (que tire la primera piedra el padre que no sufriría al conocer que su hijo se casa con una prostituta) o nos compelen a tomar partido por Sansón, un fanático religioso y terrorista suicida que mata a los filisteos porque cantan, bailan y ofenden a Dios. Es el tenor ergo, según dicta la convención, generalmente el bueno. Solo me di cuenta que no es el bueno cuando vi Sanson et Dalila pocos días después de las bombas de Atocha en Madrid. 

Así es que se vive con la ópera: dejándola cambiar y, sobre todo, dejándola que nos cambie.

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