Artes visuales y exposiciones

Política y poética del ilusionismo

Paco Yáñez

lunes, 13 de enero de 2020
Caxigueiro, Carro do mercado © 2020 by Paco Yáñez

Fiel a su tradición de revisar periódicamente la trayectoria de los artistas gallegos más destacados, el Museo Provincial de Lugo alberga, desde el pasado 19 de diciembre y hasta el próximo 25 de febrero, su segunda retrospectiva dedicada a Daniel Río Rubal (Mondoñedo, 1955), más conocido en la escena artística como "Caxigueiro"*.

La presencia de Caxigueiro en las salas expositivas de Lugo (como en las del resto de Galicia, habiendo formado parte de varias de las últimas muestras programadas en la Cidade da Cultura) es habitual, ya de forma individual, ya en exposiciones colectivas en las que su obra adquiere una personalidad de inmediato reconocible; destacadamente, en la escultura; si bien, como veremos en la retrospectiva que hoy nos convoca, los medios de expresión del mindoniense son muchos, así como se interpelan los unos a los otros; a su vez, interpelando nuestra mirada crítica.

Entre todas esas exposiciones (que se remontan a la primera muestra individual de Caxigueiro, en 1981), tiene un notable peso específico la que, del 15 de diciembre de 2004 al 30 de enero de 2005, le dedicó el Museo Provincial de Lugo, pues en Narracións (así se denominaba dicha retrospectiva) se efectuaba un minucioso repaso a su obra desde 1989 a 2005: una revisión que, mostrando la evolución de Caxigueiro desde la escultura hasta la instalación («sin duda -afirma- los campos donde me resulta más fácil resolver los problemas propios de la producción artística»), nos dejaba en puertas de esta segunda retrospectiva por medio de la fotografía (que aparece en su catálogo en 1992, con Saír-modificar; entonces, con negativos recuperados de archivos privados); en concreto, de dos pertenecientes a la serie Bodegóns que, fechadas en 2004, han sido rescatadas para abrir A métrica do ilusionismo: la segunda retrospectiva que, pasados quince años desde la primera, dedica a Caxigueiro el Museo Provincial de Lugo.

Por tanto, dos exposiciones tendidas en un solo trazo que apenas muestran fisuras temporales ni estéticas (de forma abrupta) entre ellas y que, atendiendo al título de la segunda, juegan con nuestra percepción y con nuestro recuerdo cual si Caxigueiro fuese un ilusionista (pues bien conoce ese universo de realismo mágico que, anticipándose incluso al de García Márquez, inventó su paisano Álvaro Cunqueiro en sus trasuntos literarios de Mondoñedo; cuando no, el de los propios ceramistas que Caxigueiro descubrió en su niñez, sobre los que afirma que «los talleres de cerámica popular de mi infancia en Mondoñedo me familiarizaron con la arcilla y con el volumen. Ver a aquellos artesanos trabajar era lo más parecido a una sesión de magia»). De este modo, reaparecerán en A métrica do ilusionismo (provenientes de lo que el artista dice «archivo de la memoria visual») imágenes y esculturas ya icónicas en el catálogo de Caxigueiro, piezas provenientes de Guerreiros (1990), de Europa: Terapia puntual (1993-95), o de A linguaxe da memoria (1998-2001), ya de forma tridimensional (como los libros de esta última serie), ya plasmado su recuerdo por medio de la imagen. Es por ello que será la fotografía el lenguaje que mejor permita a Caxigueiro asomarse a su propio trabajo, tomar distancia y reconceptualizarlo en esta segunda retrospectiva, ya desde el propio hall de entrada a A métrica do ilusionismo, en el que las imágenes que aquí mismo habían estado en 2004 reaparecen para, conjurando tiempos y espacios, ser tratadas por medio de brochazos grises en el contorno de las figuras centrales (cuya aplicación informal nos recordará a otro gran artista lugués, como Tino Grandío), a modo de operación (re)veladora (por cuanto borra pero, al mismo tiempo, recupera imágenes) de la memoria, de ocultación de aquello que el olvido va, progresivamente, erosionando; de ahí, que algunas partes del bodegón hayan sido ocultadas por los estragos y la podredumbre del tiempo: un tiempo que, en todo caso, confiere nuevos significados producto de ese motus animi continuus que Cicerón y -parafraseándolo- Thomas Mann decían que caracterizaba al espíritu del creador.

Y es que no podría haber seleccionado Caxigueiro dos fotografías más representativas (incluso, más allá de los vínculos con su propio trabajo y con la retrospectiva Narracións) de cuanto se concentra y sintetiza en A métrica do ilusionismo, pues en ellas se reúnen lo estético, lo poético, lo medioambiental y lo político, materializados a través de los lenguajes artísticos predilectos del mindoniense: la fotografía, la escultura, la instalación y la literatura; así como de sus querencias cotidianas: la naturaleza, el grito de denuncia, el hogar como refugio y espacio de reflexión...; todo ello, en alianza con una mirada de un cuidado estructuralismo a la hora de la composición (con los innegables ecos clásicos que denota la propia denominación de la serie intertextualizada como scriptio inferior de este palimpsesto escultórico-fotográfico: Bodegóns); una composición atenta al sentido del orden; pero, también, de sus significaciones políticas y sociales, desde la propia relación con la mirada del observador, que podremos contemplar en otras piezas presentes en A métrica do ilusionismo, como las soberbias instalaciones O mar noso (2007), A escala da memoria (2019) y Moradas 2 (2019).

Transcurridos quince años, aquellos Bodegóns han querido no sólo recubrirse de una pátina pictórico-temporal, sino trascender su bidimensionalidad, desbordando lo impreso al dialogar con las dos piezas que con ellos conforman la instalación que a la entrada de la muestra nos recibe, en cuyo suelo observamos una silla que será pieza angular en el ilusionismo de la métrica con la que Caxigueiro nos engañará de inmediato, así como un alambre de espinos directamente salido de uno de los Bodegóns del año 2004 que, a su vez, porta reminiscencias de series pretéritas mostradas en el Museo Provincial de Lugo hace ahora tres lustros, como A sombra dos aramios (2004): denuncia del belicismo imperante en este mundo que volveremos a encontrar en sucesivas series fotográficas. El alambre que, desde la bobina dispuesta en el suelo, se acaba perdiendo en la pared del museo, es otra forma de advertencia por parte de Caxigueiro: una llamada de atención en un mundo progresivamente amurallado (Palestina, Estados Unidos, Corea, Ceuta y Melilla...) que nos hará tomar plena conciencia de que nuestra entrada a esta exposición supondrá traspasar las fronteras de lo políticamente correcto para, como es habitual en Caxigueiro, entrar en el ámbito de lo ético, de lo político y de lo moral, por medio de una interpelación constante a nuestro pensamiento crítico.

Las siguientes series fotográficas que nos encontramos, una vez traspasado el umbral de la instalación que recupera los Bodegóns del año 2004, ahondan en esta unión de lo estético, lo político y lo poético, poniendo de relieve una importancia creciente de la fotografía en la creación de Caxigueiro, algo que el propio artista señala en sus textos para la hoja de sala, cuando afirma que: «La evolución de mi trabajo pasa por indagar en espacios que siempre despertaron mi interés pero que sólo en los últimos tiempos han adquirido una relevancia mayor. Tanto la fotografía como la poesía han estado presentes en mi trayectoria discretamente, aportando matices, enriqueciendo y ampliando el contorno que iban marcando la escultura y la instalación. Hoy comparten tiempo y procesos y, con frecuencia, establecen relaciones tan próximas que resulta difícil saber dónde está realmente el origen de algunas creaciones. Cada disciplina dispone de autonomía suficiente para acercarnos a experiencias perceptivas bien diferentes». Es por ello que, siguiendo el ensayo de Caxigueiro, podemos afirmar que «En estas últimas décadas el arte ha cambiado notablemente. Cada vez es más habitual que los artistas plásticos decidan interferir en otras disciplinas. Nunca se gozó de tanta libertad, ni se tuvieron a mano tantos instrumentos a la hora de abordar los equilibrios o desequilibrios derivados de los límites. Otra cosa son los discursos, algunas miradas siguen encontrando los mismos obstáculos cuando se trata de cuestionar el sistema de valores hegemónico»...

...dicho cuestionamiento es, valga la redundancia, incuestionable en la obra de Caxigueiro, y se muestra pleno de sentido y significantes en obras presentes en A métrica do ilusionismo como la instalación O mar noso, o en las series fotográficas Carro do mercado (2015) y, muy especialmente, Perversión (2017), en la que una naturaleza muerta (en forma de libélula abatida) comparte espacio con una miniatura kitschmente dorada del Empire State Building a cuyos pies se despliegan las hordas del Tío Sam, dispuestas, con sus M16 y lanzagranadas en mano, a mantener esta falsa Pax americana que se nos ha impuesto, y que no es sino statu quo para un mantenimiento de órdenes geoestratégicos al servicio del capital: denuncia antimilitarista de un belicismo inhumano y fratricida que Caxigueiro no se ha cansado de elevar a lo largo de su ya dilatada trayectoria como artista, con manifestaciones tan sólidas como sus series inspiradas en las Guerras de los Balcanes, con una mención muy especial para las instalaciones y piezas escultóricas comprendidas tanto en Europa: Terapia puntual como en A linguaxe da memoria: trabajos que equiparan la creación del artista gallego con reflexiones análogas de Juan Goytisolo y Susan Sontag, en la literatura, o de Jean-Luc Godard y Theo Angelopoulos, en el cinematógrafo (de hecho, el propio Caxigueiro reconoce los vínculos de estas fotografías con el cine y el teatro, así como una marcada influencia -que también veremos en la serie Roseiras (2017)- del surrealismo; influencia que dice «antes prácticamente imperceptible»). El asesinato, perpetrado la misma semana en que visité A métrica do ilusionismo, del general iraní Qasem Soleimani, en un acto de pistolerismo tecnológico por parte de Donald Trump y su cohorte bélica propio tanto de los tiempos que vivimos como de los que se avecinan (acto cuyas consecuencias en la desestabilización de Oriente Medio son, aún, impredecibles), no añade más que vigencia a estas fotografías de Caxigueiro, a su sabio aquilatamiento de parodia y humor negro; puesto que, ante tamañas aberraciones, a veces no nos queda más que la ironía y el gesto descreído ante lo que Borges tan bien calificó como «Historia universal de la infamia», algunos de cuyos peones en el juego de la guerra se pueden ver sobre el tablero de un planeta ensangrentado que Caxigueiro no deja de retratar.

Parte de esa misma infamia lo es, quizás más que nunca (o, al menos, con una conciencia renovada), la destrucción de la naturaleza: ésa que, como realidad interconectada con las hegemonías económicas, políticas y militares, Caxigueiro, con buen criterio, une en sus series fotográficas emplazadas a la entrada de A métrica do ilusionismo, como ese globo terráqueo -que bien podría ser aquél con el que jugaba Charles Chaplin en The Great Dictator (1940)- subido a un carro de la compra que nos muestra hasta qué punto el planeta, en sí mismo, se ha convertido en un bien de consumo y comercio: imagen para cuya creación Caxigueiro juega con uno de sus recursos más queridos a la hora de componer sus imágenes, como lo es la de la -parafraseando el título de la exposición- métrica del ilusionismo: dialéctica de volúmenes y escalas que le permite poner en relación realidades de cuyo diálogo en un mismo plano surgen nuevos significados que, como es norma de la casa en Caxigueiro, se tienden, ya no sólo para nuestra sorpresa y desasosiego estético, sino como vía privilegiada para activar nuestra reflexión (siempre con fuertes dosis de humor y potenciando una composición cuyos valores estéticos, por medio de la estilización, la composición y el color, rehúyen lo panfletario). Incluso, series en las que lo político no es tan evidente en un primer plano, como Silencios habitados (2018), pueden ser comprendidas de este modo, con dosis de denuncia más deslizadas entre líneas, como ese cráneo de pájaro que reposa en la silla cuyas dimensiones engañarán nuestra mirada desde el recuerdo de la (mayor) dispuesta en el hall de entrada; o esa mano que, igualmente reposada en el mismo reclinatorio aterciopelado y granate, bien podría ser la de una deidad o la de algún césar de la antigua Lugo sometida al mandato imperial, hablándonos de la cómoda perpetuación de las dinastías del poder, con sus máscaras intercambiables.

Del mismo modo, y ya en otra sala, la serie fotográfica Mar de soños (2017) vuelve a poner en primer plano la denuncia, con esos redimensionados barquitos de papel que, cargados de espinas o huesos (en una imagen tan atroz como impactante), recorren un mar de arena bajo un cielo plomizo que nos remite a otro de los holocaustos más infames de nuestro tiempo: el de los desplazados ahogados en esa fosa común en que han convertido al Mediterráneo; realidad que no deja de convocar sucesivas geografías (y distopías) en esta gran reflexión que Caxigueiro realiza diariamente sobre la sinrazón del ser humano, ya no sólo a un nivel más próximo, el gallego, sino planetario, como cualquiera que siga al tan activo en redes sociales artista gallego conocerá. Sea como fuere, el de Caxigueiro es un pensamiento global de actuación local, y es por ello que Galicia está, una y otra vez, presente en sus series escultóricas e instalaciones, de lo cual tenemos una buena muestra en Lugo por medio de O mar noso: instalación de piezas de gres sobre pintura de pared que convoca algunos de los desastres medioambientales sufridos en Galicia por obra y desgracia de los vertidos del Mar Egeo, el Urquiola, el Prestige, el Cason, el Andros Patria, el Polycommander, el Erkowit y toda esa flota de contenedores venenosos que llevan intoxicando (huestes, de nuevo, que son del capital) nuestras costas a lo largo de los últimos decenios. Con una disposición vertical que nos recuerda a otra paradigmática pieza de denuncia en el arte gallego contemporáneo, como la instalación 1492 Fragmentos de América (1992), obra de otro incansable rebuscador del arte en la naturaleza y en los objetos encontrados: el pontevedrés Fernando Casás, O mar noso nos conduce al gres tan querido por Caxigueiro, al punto de que, quizás, es éste el material y el color con el que muchos de nosotros identificamos su yo artístico más primordial, confiriéndole una personalidad de inmediato reconocible que no muchos artistas poseen en el campo de la escultura española contemporánea, lo que lo acerca a un Eduardo Chillida con el que Caxigueiro comparte algunas búsquedas formales, así como ese humanismo mezcla de hondas raíces populares y culturales siempre dispuesto para la denuncia de las injusticias, cuando fuere menester (y sobran los motivos, como aquí podemos ver).

A pesar de la proteica pluralidad de lenguajes a la que nos invita A métrica do ilusionismo (algunos de ellos, interactuando en una misma pieza), una vez contempladas las primeras series fotográficas acabamos recalando en la escultura: el lenguaje artístico con el que la mayor parte del público identifica a Caxigueiro. Es la aquí reunida una escultura que tiene al gres como principal materia, cocido en horno para obtener toda una serie de sutiles matices ocres en las parcas escalas cromáticas que le confieren ese sello personal tan propio de Caxigueiro, así como para tender puentes entre las primeras experiencias escultóricas del mindoniense, de la mano de la cerámica, y un presente en el que muchas de estas piezas forman parte del canon de la escultura gallega contemporánea. En dicho canon se encuentran dos de las series que aparecen en esta segunda retrospectiva en el Museo Provincial de Lugo; una de ellas, ya presente en la primera: A linguaxe da memoria, serie que se extiende a nuevas realizaciones que, efectuadas en 2012, convocan sobre la portada del libro a la poesía, en Os ollos das palabras; a lo vegetal, en Natureza morta; o a la narración de sucesos por medio de una fina ironía y crítica social, en la paródica Codex, cuya cerradura en el propio libro hace referencia al folletinesco robo del Codex Calixtinus (c. 1160-80) en el año 2011. Soberbias, como siempre, estas tres piezas que nos devuelven a un ámbito tan querido por Caxigueiro como el de la relación entre la palabra y la forma escultórica: un vínculo que tiene otro de sus más acabados ejemplos en la otra serie que diría canónica de cuantas en esta exposición disfrutamos, O rapto da paisaxe (2006), conformada por esas casas de gres apalabradas absolutamente icónicas en Caxigueiro que uno no puede dejar de pensar sino con la escultura romana en el recuerdo: esas aras igualmente recorridas por las palabras que parecen haber trascendido el tiempo para, en la misma Lucus Augusti ahora bimilenaria, cobrar nuevas formas, habitando en O rapto da paisaxe muchas voces de los -como en las propias aras romanas- ya sidos, cuyas poéticas se fijan, así, sobre el gres, para perpetuar su discurso y recuerdo (proyectados hacia el futuro, pues estas aldeas de gres bien podrían conformar la arquitectura que albergase a esa sociedad futura y utópica (cuántas reminiscencias, aquí, de Luigi Nono) que no deja Caxigueiro de perseguir -como él mismo reconoce en sus textos-). Tanto A linguaxe da memoria como O rapto da paisaxe son dos series en las que la palabra es casa y la casa es palabra: bidireccionalidad que cualquiera que conozca la importancia de la literatura para Caxigueiro podrá aquilatar en su justa medida, así como la presencia nuclear en el hogar de la biblioteca: ese lar-palabra que no es sólo realidad física y espacio acogedor, sino médula esencial del pensamiento de un artista que, en tantas ocasiones, se ha expresado por medio del verso poético, como más adelante veremos, al seguir adentrándonos en A métrica do ilusionismo.

Junto con A linguaxe da memoria y O rapto da paisaxe, tres nuevas series completan un rincón que diría el de la casa, el del lar (tanto gallego, como en su sentido romano, pues Caxigueiro consagra aquí, como las deidades latinas, ese espacio íntimo de reflexión y creación que es el hogar; en su caso, de forma adyacente entre la vivienda y el taller: unidad que conforma ese Espazo Caritel que, en San Martiño de Foz, es hoy uno de los diálogos más hermosos de cuantos en Galicia se tienden entre la arquitectura contemporánea, el románico del siglo XI y la naturaleza que el propio Caxigueiro ha reunido en su extenso jardín, una de cuyas múltiples especies de hortensias habíamos visto en la serie Bodegóns, permeando el espacio natural, el personal y el artístico). Las nuevas series de casas, fechadas en el año en que comenzó esta segunda retrospectiva en el Museo Provincial de Lugo, continúan algunas de las líneas estéticas ya presentes en A linguaxe da memoria y en O rapto da paisaxe; tal es el caso de Moradas 1 (2019), instalación de nueve piezas de gres sobre pared cuya silueta nos vuelve a remitir a esas casas apalabradas; si bien, aquí, transidas de silencio, si nos atenemos al texto conformado por las letras inscritas en cuatro de sus piezas: «Na casa caben todos os silencios». Silencios introspectivos y elocuentes, como los de Anton Webern, Carl Theodor Dreyer, o José Ángel Valente, aquí urdidos en herrumbre y oquedades que traspasan el gres buscando una dimensión perdida más allá de la silueta del hogar; un silencio denso como el que nos muestra, también en el rural gallego, Oliver Laxe en su reciente O que arde (2019): el de una Galicia en el que lo callado, tantas veces, cuenta más que lo hablado. La relación entre lo verbalizado y lo silenciado es, de nuevo, otra tensión subyacente en la creación de Caxigueiro, conocedor, como lo es, de la represión de la palabra que durante décadas (las de su juventud e infancia) se vivió en esa Galicia pisoteada por la nefanda bestia franquista que nos muestra estas mismas semanas Eloy Enciso en Longa noite (2019), la otra gran cinta del cinematógrafo gallego del pasado año (con sus ecos de Celso Emilio Ferreiro, poeta tan querido por el artista mindoniense). El de Caxigueiro es un silencio cargado de matices, en el que el callar es otra forma de expresar: por medio de la tonalidad de las casas no apalabradas, cuyos cromatismos del óxido y disposición de las perforaciones nos remiten a un lenguaje más allá del verbo.

Mientras, y también en esta zona profusamente interconectada dedicada a la casa, Moradas 2 prescinde de la palabra (de forma explícita), sin por ello dejar de ser sobradamente elocuente. Aquí el bello tono del gres-óxido, con tantos matices y profundidades, se mantiene, pero la estilización se reduce (acercándose a la proporción de las fachadas en la serie O rapto da paisaxe), además de proceder a la reunión y/o superposición de unas casas desde cuyo lateral izquierdo desciende una cinta métrica trazando trayectorias que prolongan la orientación de cada hogar: un tanto caótica e irregular, como la tradicional aldea galaica. Sin embargo, la uniformización del diseño y la presencia de una cinta métrica que busca expandirse para conquistar nuevos solares, no sólo nos remiten al título de la propia exposición, sino que pueden (y quizás, deben) ser leídas como una referencia a la especulación urbanística (que de forma tan salvaje se ensañó con la Mariña lucense a lo largo de las últimas décadas): una especulación urbanística que, como la forestal, no ha dejado de denunciar Caxigueiro desde sus primeros brotes grises de hormigón. Es ésta una lectura que, asimismo, podríamos extender a la instalación A escala da memoria (2019), en la que las cintas métricas son el material para urbanizar una pared de casas ya más polimorfas, en las que las aguas de los tejados, las alturas de los edificios y la superposición de los volúmenes nos remiten a un medioambiente finalmente conquistado por la métrica, no tanto del ilusionismo, sino de lo especulativo. Pudiendo remitirnos, también, a ese ámbito del hogar que es refugio del yo, no creo que una mirada informada pueda rehuir, en este caso, las lecturas en clave de lucro con respecto al espacio urbanizado; de ahí que, reunidas en esta zona de la exposición, se sinteticen diversos enfoques y perspectivas sobre una casa que aúna tan diversas implicaciones y puntos de vista, desde lo más subjetivo a lo más sociológico.

Como ya hemos señalado con anterioridad, las piezas reunidas en A métrica do ilusionismo no dejan de interpelarse entre sí, de forma que el paso de una zona de la exposición a otra mantiene líneas estéticas y de pensamiento, reverberándolas y confiriéndoles nuevas capas de profundidad. Volviendo a la sala en la que habíamos visitado la serie fotográfica Mar de soños, nos reencontramos con la tensión proteica del verbo. La visita a esta retrospectiva tan plural en lenguajes y formas de expresión no está señalizada ni se agota en una sola dirección; de ahí, que lo mejor sea deambular de unas piezas a otras, buscando relecturas y nuevos significados. Quiso el azar, o ese «no saber sabiendo» del que nos habla San Juan de la Cruz, que me adentrase en dos series como Na casa caben todos os silencios (2010-16) y Diálogo interior (2012), precisamente, en ese orden, por lo cual fueron primero los poemas de Caxigueiro lo que pude leer: unos poemas que (además de hermanarlo, como escultor-poeta, con Jorge Oteiza y Eduardo Chillida: ambos, de lacónica paleta cromática y, también, versificadores) relatan sus vivencias cotidianas: «coñezo o medo de vello / somos amigos de conveniencia // (ás veces / pecho os ollos / e espertamos na mesma cama)»; su íntima relación con la naturaleza: «baixo a mirada / o mar facía de espello // incansables viaxeiras / de leste a oeste / seguían a voar // (como / o silencio nos poemas)»; o, de nuevo, una crítica política cargada de ácida retranca gallega (que en Caxigueiro hemos de enraizar en la tradición de Curros Enríquez, poeta orensano que ejerció sin desfallecimiento la denuncia de las injusticias sociales durante el siglo XIX y que tanto marcó al escultor en su juventud, lanzándolo a explorar las posibilidades creativas del lenguaje): «estampou / dúas ducias de ovos / contra os cristais do concelleiro // pura action painting // (un xeito gráfico de expresar / con arte / o cansazo dos ovarios)». Como los meses del año, doce son los poemas reunidos en Na casa caben todos os silencios: doce poemas que remueven recuerdos y conciencias, y en cuyos últimos versos la palabra se eleva sobre sí misma para reflexionar(se) desde la metalingüística: «sempre temín as palabras / que nacen do cansazo // son xordas // (escaldan o amor e as querenzas)». La continuidad torrencial de los textos y la apertura que realizan a sucesivos resquicios del espíritu, hacen que, de no ser uno Funes, el memorioso borgiano, al final de las doce lecturas surja la necesidad de volver sobre ellas, de forma, como las estaciones del año que parecen sugerir algunas de las fotografías asociadas a cada poema, cíclica. Es por ello que, al finalizar nuestro recorrido por Na casa caben todos os silencios, impacta aún más el encontrarse de frente con la instalación Diálogo interior (la más arquitectónica de esta muestra), con sus estanterías de letras de escayola precipitadas al suelo, en una cascada que tanto puede ser la del olvido como una nueva crítica a una sociedad por cuya superficie (y superficialidad) el verbo poiético que es significado y acción transformadora se despeña y muere. Si uno vuelve mentalmente sobre los poemas recién leídos, comprobando la fragilidad (al menos, la de quien estas líneas escribe) de su memoria para recordarlos, es cuando el golpe revelador de este Diálogo interior resulta más contundente: espejo que es de nuestro interior desmoronamiento de las palabras (esas palabras que -como dice el propio Caxigueiro- se las lleva el viento).

En este sentido, palabra e imagen servirán de mutuo apoyo para afianzar en el recuerdo lo visto y lo leído, según la memoria más textual o más fotográfica de cada cual (apuntalando lo que el artista define como «una relación complicada, pero imprescindible»), siendo así que la instalación Na casa caben todos os silencios nos ofrece ambos puntos de apoyo y comprensión de la realidad, por cuanto cada palabra está asociada a una hermosa fotografía que vuelve a jugar con la métrica del ilusionismo caxigueiriana, poniendo en un mismo plano y escala algunas de las casas de O rapto da paisaxe junto con semillas, ramas y otros elementos naturales, dando forma a nuevos bodegones de sutil y refinada belleza, en algunos de los cuales reverberan ecos de otras piezas, como esos huesos que vimos en las series Carro do mercado y Mar de soños, o el nido de madera que tras esos huesos contemplamos, y que tiende un nuevo puente con la retrospectiva Narracións, una de cuyas últimas piezas, Para o teu ollar (2004), presentaba asimismo un hogar para las aves. De este modo, si en las fotografías comprendidas en la serie Perversión eran reconocibles improntas del teatro y del cinematógrafo, en Na casa caben todos os silencios serán la arquitectura y el urbanismo las disciplinas que vertebren el retrato fotográfico de estos «"montajes" efímeros con un marcado carácter escultórico que se aprovechan de la manipulación de la escala y se nutren fundamentalmente de elementos que proceden de la naturaleza, de la producción industrial u ocasionalmente de objetos encontrados».

No es baladí el que Caxigueiro cite la inserción de objetos encontrados en su producción artística, presentes en la obra del mindoniense desde muy temprano: recordemos su intervención con adhesivos en un bidón de hierro varado en las playas de la Mariña, en el año 1993; o el hecho, crucial en el desarrollo de algunas de sus formas escultóricas más icónicas, del descubrimiento efectuado en una cantera, en 1990, de los dientes gastados de una excavadora cuyas oquedades unían la dureza y la transparencia: dientes que -como señaló Antonio Garrido en su día- Caxigueiro identificó con los búnkeres militares en las guerras mundiales, tomando tal morfología para esculturas en gres de volúmenes y perfiles prácticamente seriados, en los que las nimias diferencias en las respectivas oquedades del diente-rostro marcaban los rasgos faciales de cada individuo y, lo que es más aterrador y preocupante, el hecho de que, con mínimos cambios en sus fisionomías, aquellos que en 1990 eran verdugos, en la instalación Guerreiros, poco después se convertían en víctimas, en la serie de los años 1993 a 1995 Europa: Terapia puntual (y sucesivos viceversas, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia). De este modo, la relación con el objeto encontrado en Caxigueiro no viene a ser aquélla que podemos observar en Marcel Duchamp o, más cercana, en Antonio Pérez, sino una apropiación reconceptualizadora del objeto y de su forma, de una aprehensión que nutre el imaginario estético con fuertes componentes reflexivos, históricos y políticos, además de los estéticos que hacen de estas piezas lo que son: verdaderas obras de arte. Es por ello que A métrica do ilusionismo vuelve a ser una reveladora muestra del pensamiento y del proceso artístico de Caxigueiro, focalizada nuestra mirada en su producción desde el año 2005 hasta el 2019: una mirada que exigirá de quien se acerque al Museo Provincial de Lugo una participación crítica y una voluntad integradora de cuanto en su segunda retrospectiva Caxigueiro allí ha reunido, que es sustancial y trascendente.

Notas

Lugo. Museo Provincial de Lugo. 19 de diciembre de 2019 a 25 de febrero de 2020. A métrica do ilusionismo, exposición retrospectiva (2005-2019) de Daniel Río Rubal "Caxigueiro".

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