Discos

Périchole idealizada

Raúl González Arévalo

viernes, 17 de enero de 2020
Jacques Offenbach: La Périchole. Ópera bufa en tres actos (versión preparada a partir del original de 1868 y la revisión de 1874 por Marc Minkowski). Libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy. Aude Extrémo (La Périchole), Stanislas de Barbeyrac (Piquillo), Alexandre Duhamel (Andrès de Ribeira, virrey de Perú), Éric Huchet (Don Miguel de Panatellas), Marc Mauillon (Don Pedro de Hinoyosa), Enguerrand de Hys (Premier Notaire / Le Marquis), François Pardailhé (deuxième notaire), Olivia Doray (Guadalena/Manuelita), Julie Pasturaud (Berginella/ Frasquinella), Mélodie Ruvio (Mastrilla/Ninetta), Adriana Bignagni Lesca (Brambilla), Jean Sclavis (prisionero). Chœur de L’Opéra National de Bordeaux. Les Musiciens du Louvre. Marc Minkowski, director. Dos CD (DDD) de 103 minutos de duración. Grabados en el Auditorium de la Ópera de Burdeos (Francia) el 14 y 16 de octubre de 2018. BRU ZANE BZ1036. Distribuidor en España: Semele Proyectos Musicales.

La Périchole es, sobre el papel, una de las operetas más populares de Offenbach. Desde luego, así lo confirmarían también las grabaciones disponibles, de las que hay que destacar al menos dos, si no tres: las dirigidas por Igor Markevich (Emi 1958), Alain Lombard (Erato 1977) y Michel Plasson (Emi 1982). La primera destaca por la elegancia de la dirección y lo idiomático y estilista del reparto; la segunda, que no le va a la zaga, tiene como gran reclamo dos mitos del canto francés, Régine Crespin y Alain Vanzo, aunque en la cincuentena algunos podrían echar de menos mayor frescura vocal. La última, con un gran especialista, tiene otras dos estrellas, Teresa Berganza y José Carreras: la madrileña también había pasado su momento de mayor fulgor vocal, y como el catalán, son los menos idiomáticos de la discografía.

La colección de ópera francesa del Palazzetto Bru Zane, convertida en referencia indispensable del repertorio francés cuando alcanza la primera década de vida, normalmente ofrece primicias mundiales, y en todo caso con grandes trabajos de reconstrucción musicológica (para muestra, la primera versión de Faust de Gounod o la Olimpie de Spontini, por citar los otros títulos publicados en 2019). Sin embargo, en esta ocasión ha hecho una excepción por la concurrencia de diversos factores: la celebración del bicentenario del nacimiento de Offenbach y la posibilidad de contar con uno de los grandes defensores del compositor de los últimos años. Efectivamente, Minkowski lleva décadas dedicado a reivindicar al Mozart de los Campos Elíseos. Su grabación de Orphée aux enfers con Natalie Dessay y Laurent Naouri es referencial. Muy buenas también La belle Hélène y La Duchesse de Gérolstein, aunque aquí la presencia de Felicity Lott como protagonista era más discutible. Inolvidable también su recital offenbachiano con Anne Sofie von Otter. Era justo que después de haber paseado por los escenarios La Périchole también la llevara al disco.

Lo particular de esta ocasión es que, habiendo dirigido las dos versiones, la original en dos actos de 1868 y la revisión en tres actos de 1874, no haya optado por ninguna de las dos, sino por ofrecer una versión idealizada de ambas, partiendo de la primera e incorporando números de la segunda. ¿Es filológico? No. ¿Es legítimo? Por supuesto. ¿Había otras opciones? También: podría haber grabado la primera y en apéndice los números (o el tercer acto directamente) de la segunda. En cualquier caso, desde el momento en que se parte de un criterio personal y coherente, no hay mucho más que decir. Tampoco se puede hablar de ocasión perdida porque, en realidad, las dos versiones conocen grabaciones, así que lo demás es cuestión de gustos. Y en el caso de Offenbach, en realidad ninguna versión se impone de manera definitiva, como suele ser habitual (para muestra, los Cuentos…).Como siempre, la dirección de Minkowski es difícilmente superable. El maestro sabe aunar en su batuta elegancia y ligereza, tradición y modernidad. La presencia de sus fantásticos Musiciens du Louvre permite, como con las operetas grabadas anteriormente, escuchar el título con instrumentos originales por primera vez. A estas alturas ya no hay que justificarlos e incluso grandes epítomes del romanticismo como Faust se ven claramente beneficiados por su presencia. El conjunto con sede en Grenoble hace tiempo que aborda sin complejos el repertorio del segundo Ochocientos y suma una nueva joya a su discografía. El brío, la brillantez y el ritmo espumoso nos recuerdan en cada compás por qué Offenbach fue el compositor preferido del Segundo Imperio Francés.

Respecto al reparto, como es norma en la serie, está absolutamente impecable. Es increíble cómo la escuela de canto francesa, que llevaba décadas en evidente peligro de extinción, está viviendo en los últimos años una nueva edad de oro. Y la mejor confirmación la tenemos en obras como esta, con un elenco extenso, con amplios cometidos corales, en la que no hace falta la presencia de ninguna estrella de la lírica para sacar adelante de forma sobresaliente el título.

La Périchole de Aude Extrémo ofrece una voz oscura y rica en colores. Como las comparaciones son inevitables, vaya por delante que está más fresca que Berganza y Crespin, y tan idiomática como la segunda. Sin embargo, no tiene la personalidad desbordante de ninguna de ellas. Todo está en su sitio, perfecto –más allá de preferencias personales– pero en algún momento falta rematar la jugada para tener la sensación de otra protagonista sensacional. El arieta de la embriaguez (“Ah! Quel dîner je viens de faire!”), el número más conocido, resulta muy sobrio. O tal vez estoy demasiado intoxicado por las versiones de concierto un tanto folclóricas (léase Joan Sutherland) y la chispa juvenil americana (adorable Frederica von Stade). Afortunadamente, los “Couplés de la lettre” (Ô mon cher amant, je te jure”) están sensacionales en la expresión de la ternura y la melancolía con la que dice a su amante que deben separarse. Sin llegar a la distinción de Crespin en su recital Prima Donna in Paris (Decca 1971), anterior a la integral, desde luego no teme tampoco la comparación con nadie. La impresión final es sobresaliente, lo que no es poco.


A su lado Stanislas de Barbeyrac canta Piquillo con gran arrojo, reclama su momento de gloria con el “Rondó de bravura” (“Écoute, ô roi, je te présente”) y luce adecuación vocal, facilidad en los agudos y comodidad estilística. El virrey de Alexandre Duhamel es más actuado que cantado, pero está igualmente perfecto en su cometido. El resto del reparto, como el Coro de la Ópera de Burdeos –del que es director musical y responsable artístico Minkowski– están impecables musical y estilísticamente, como confirman en particular los brillantes diálogos y los momentos corales.

Como siempre con la serie, el libro de acompañamiento es ejemplar en la profusión de informaciones y la presentación de la obra, y la calidad técnica de la grabación es de primer nivel. Con estos resultados y toda la experiencia, resulta difícil esperar a la primicia mundial recién anunciada para febrero: Maître Péronilla, también de Offenbach.

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