Llegar en el último minuto a un recital como éste tras un ‘suspense’ de drones, aviones en emergencia y viaje enloquecido desde el aeropuerto de Barajas al Teatro podría bien haber sido un desafío absurdo a las más prudentes admoniciones de la supervivencia a una cierta edad. Sentarse sudoroso y sin aliento y que empiece un concierto -cualquiera, de cualquier tipo y con cualesquiera intérpretes, individuales o colectivos- supone un más o menos breve período de calma y adecuación -además de las miradas entre azoradas y asesinas, con justicia, de los vecinos- con la consiguiente distracción. Llevo ya muchos (nunca suficientes) conciertos de Keenlyside como para saber que mejor no perderlo aunque ya haya escuchado una o más veces las canciones que conforman su programa. Pero la primera cosa que me sorprendió fue que abrió la boca y yo…
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