Alemania

Más allá de las palabras

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 19 de febrero de 2020
Bonn, sábado, 8 de febrero de 2020. Ópera de Bonn. Una carta, monólogo operístico en un acto con texto de Hugo von Hofmannsthal y música de Manfred Trojahn. Chandos: Holger Falk. Cristo en el Monte de los Olivos, oratorio dramático con texto de Franz Xaver Huber y música de Ludwig van Beethoven. Regie, escenografía y coreografía: Reinhild Hoffmann. Dramaturgia: Thomas Fiedler. Jesus: Kai Kluge. Serafín: Ilse Eerens. Petrus: Seokhoon Moon. Solistas del Folkwang Tanzstudio. Orquesta Beethoven Bonn bajo la dirección de Dirk Kaftan
Hoffmann, Christus am Ölberge © 2020 by Thilo Beu

Pocos operómanos saben de Hugo von Hofmannsthal algo más que su colaboración como libretista de Richard Strauss. Pero hay más, muchísimo más. Stefan Zweig lo definió como el más grande escritor de la lengua alemana después de Goethe, pensando más en su temprana contribución literaria, cuando era un adolescente que firmaba bajo el psedónimo de Loris. Pasados los veinte, Hofmannsthal cayó de su genial inocencia literaria a una crisis personal profunda, de esas que terminan arrasando a quien comprende que finalmente es imposible encapsular la vida en el idioma. Su desesperación está plasmada en Una carta, en la cual un ficticio Lord Chandos explica a Francis Bacon por qué ha decidido no escribir más. 

Para construir un concepto capaz de emparentar la obra de Hofmannsthal con el oratorio beethoveniano, Cristo en el monte de los olivos, Manfred Trojhan musicalizó Una carta como una “escena reflexiva” para barítono, cuarteto de cuerdas y orquesta, y Reinhild Hoffmann se ocupó de la regie, escenografía y, en el caso del oratorio, también la coreografía, en una velada extraordinaria donde palabra, música y danza consiguieron emparentarlo todo: la angustia de Hofmannsthal, la de Cristo, aquí asociada psicológicamente con el testamento de Heiligenstadt, y la de cualquier ser humano que logra transformar la desesperación extrema en una comprensión profunda de un mundo donde las palabras nunca alcanzan a interpretar la naturaleza, la compasión o el sufrimiento: “Hay momentos en que me parece que las palabras no son absolutamente nada.” (Beethoven). 

Pero para el barítono Holger Falk, las palabras fueron muchas y es de admirar la claridad con que negoció este intenso recitativo de media hora con un registro tan parejo que la voz ni siquiera pareció quebrarse cuando ocasionalmente realzó su exploración cromática con unas oscuras notas de contralto. ¡Bien claro está que fue corifeo desde niño! Después de la función me contó que el principal dilema de la obra es primeramente comprender el texto en su solitaria introversión, y luego compartirla con el público. Pero compartir pudo, gracias a la perceptiva idea de Trojhan de transformar este monólogo en un diálogo con un cuarteto de cuerdas  encargado de guiar la palabra con un comentario instrumental líricamente expresivo. La masa orquestal fue introducida más bien en contrapunto al barítono y el cuarteto para subrayar los aspectos dramáticos más contundentes y sombríos. Hay, por ejemplo, un pasaje donde el ficticio Lord Chandos comenta como una vez pidió a sus criados que saturaran de veneno un galpón cerrado para hacer morir a todas las ratas. Enseguida salió a cabalgar y mientras lo hacía lo asaltó el pensamiento de ratas desesperadas tratando de salvar su vida antes de perecer en una cámara cerrada, ineludiblemente interpretada en Alemania como el anticipo, en esta carta escrita en 1902, del gas inaugurado por el segundo Reich en la Primera Guerra Mundial. Y del gas utilizado en la Segunda por el Tercer Reich, que tanto insistió en utilizar la analogía de los judíos como ratas. En el pasaje más difícil de tragar, a orillas del Rin, Lord Chandos se imagina el exterminio de “un pueblo de ratas” y piensa en las madres abrazando a sus hijos mientras mueren, no sofocados contra la pared del galpón, sino aspirando el aire que los llevará a una eternidad imposible de describir con palabras. Siempre estas “palabras” que, como después  en Wittgenstein, se ubican tan al centro del espíritu crítico de Hoffmansthal. Trojhan coincidió conmigo en que esta “carta” ilumina la percepción de una naturaleza común a hombres y animales con clarividencia budista. Y su composición capta estos momentos de luminosidad como antítesis al fugaz nihilismo de un escritor que, a semejanza de Beethoven, supo aprovechar depresiones profundas para reinventarse a sí mismo. 

Tanto Una carta como Cristo en el Monte de los Olivos utilizan como decorado único un enorme libro. En Una carta, Lord Chandos deambula alrededor de un libro acostado, cuya tapa abre al comienzo para mostrar una sugestiva proyección de desnudos a lo Rubens, una evocación esta del mundo post-clásico que abandonará antes de decidir no escribir nada más. Imposible dejar de pensar en el quiebre de Hofmannsthal con el mundo tradicionalista de Hans Makart, tan asociado con la burguesía vienesa, que abandonó al integrarse al movimiento Neu Wien. 

En Cristo en el Monte de los Olivos, el libro, ahora de pie, se abre para que de sus hojas salga el maravilloso serafín de terciopelo azul prístinamente interpretado por Ilse Eerens, una de esas sopranos capaces de combinar luminosidad de timbre con registro sólido y punzante proyección idiomática. Pedro es un iracundo vestido de negro interpretado por Seokhoon Moon con nerviosa y angustiada convicción. Y en el medio está nuestro pobre Cristo, tan sólo como Hofmannsthal y Beethoven, quien, no lo olvidemos, escribió este oratorio poco después del Testamento de Heiligenstadt. Con convicción y expresiva proyección vocal, Kai Kluge interpreta al Ungido simplemente como un artista en crisis, finalmente un hombre que se siente tal, sin naturaleza divina capaz de consolarlo. La regie de Reinhild Hoffmann alcanza un momento magistral en la seducción de Cristo por un Serafín que con conmovedora ternura y sobriedad le va convenciendo poco a poco del camino a seguir. Y finalmente Cristo termina danzando con el Serafín, Pedro y el coro una partitura imposible de coreografiar mejor. Finalmente, la música de Beethoven encuentra una visualización adecuada de movimientos poéticamente redondos y contenidos, solo contrastados por algunas aristas que Pedro y Cristo oponen como contrapunto antes de abandonarse a una armonía general. 

Pero nada es perfecto, y, en este caso, el avance a la perfección se vio obstaculizado por esa tendencia tan alemana de explicarlo todo con verborragia pedantona, como si nada, absolutamente nada, debiera dejarse al silencio que caracteriza las mejores sugerencias. Es así que sobre el final, apareció… ¡Lord Chandos!, para recitar la primera parte del Testamento de Heiligenstadt. Así como lo leen. ¡Como si no hubiéramos entendido de qué se trataba! Y como si se necesitaran más palabras en esta velada cuyo concepto fundamental beethoveniano no puedo dejar de volver a mencionar: “Hay momentos en que me parece que las palabras no son absolutamente nada” 

Dirk Kaftan dirigió con segura expresividad una orquesta de la casa segura en el ataque y diferenciada en el color.

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