No hay la menor duda: la opereta tiene efectos terapéuticos. Sus argumentos ligeros, frívolos, desenfadados, máxime si están arropados por las exquisitas, elegantes, vaporosas melodias de Lehar (pero hay un largo etcetera encabezado por Offenbach, Strauss, Kalman y varios más) bajan por pecho con efectos balsámicos, favorecen la circulación sanguinea, tonifican la actividad cardiaca. Luz del alma, espuma del rio, candelita de oro puesta en un altar… Todo eso y más en esta época turbia y sin alientos de paz, puede llegar a ser La viuda alegre. Joya reluciente, obra maestra del genero y del teatro musical por extensión, ha encontrado, por un lado, intérpretes ideales, una puesta en escena original y eficaz, orquesta, coro y cuerpo de baile que respondieron con profesionalidad y entusiasmo; por el otro, un publico sediento de sana evasión,…
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