Austria

Mozart testea el virus y … ¡positivo!

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 5 de agosto de 2020
Londres, domingo, 2 de agosto de 2020. Grosses Festspielhaus. Così fan tutte. Dramma giocoso en dos actos con libreto de Lorenzo Da Ponte y música de Wolfgang Amadeus Mozart. Regie: Christof Loy. Escenografía: Johannes Leiacker. Vestuarios: Barbara Drosihn. Iluminación: Olaf Winter. Dramaturgia: Niels Nuijten. Fiordiligi: Elsa Dreisig. Dorabella: Marianne Crebassa. Guglielmo: Andrè Schuen. Ferrando: Bodgan Volkov. Despina: Lea Desandre. Don Alfonso: Johannes Martin Kränzle. Coro de la Ópera de Viena y Orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección de Joana Mallwitz. Transmisión de ARTE TV. Festival de Salzburgo 2020
Loy, Così fan tutte © 2020 by SF / Monika Rittershaus

La nueva producción de Così de Salzburgo que podemos ver en ARTE.TV llegó con dos primicias: es la primera vez que una mujer dirige una ópera en este Festival y la primera vez que, por miedo a una enfermedad, la obra se presenta en versión reducida. Pero vayamos sin más a la directora de orquesta. 

Joana Mallwitz instruyó a los filarmónicos de Viena a una versión de tiempos rápidos, expresión tersa, dinámicas de moderada progresión, y en general, ese glorioso distanciamiento que una vez inspiró a Karl Böhm a reflexionar que Mozart, más que “emotivo” es “sensible”, como corresponde a un artista de la Ilustración y nunca “romántico” o meloso. Otro gran director mozartiano, Fritz Busch, se burlaba del estilo mozartiano vienés, que definía como “de terciopelo y chocolate” para preferir esas interpretaciones de sobriedad germánica que él exportó de Dresde para inmortalizar en Glyndebourne. Me acordé de él y de la tradición de Glyndebourne con esta dirección casi sin rubato que impidió licencias de coloratura canora, excepto dos cadencias en el aria de Dorabella amore e un ladroncello, que la prodigiosa Marianne Crebassa logró colocar con precisión quirúrgica y sin rallentar el tiempo exigido por Mallwitz. Los recitativos fueron también sin adornos, pero con un énfasis contemporáneo, aún cuando entonados sin dejar nunca caer un tiempo urgente y preciso. 

¿Habrá influido el coronavirus en esta urgencia general y sin auto-indulgencias o amaneramientos con que, finalmente y después de muchos años, Salzburgo ha vuelto a conseguir un genuino estilo mozartiano? No sé. En lo que sí influyó el virus fue en los cortes necesarios para logar una versión en un acto de dos horas y veintitrés minutos de duración. El propósito de esta mutilación fue impedir que los espectadores se contagiaran en las toilettes o haciendo la cola para ese champagne sin el cual para muchos no hay ópera que valga. Pero resultó, aún cuando en el experimento perecieron joyas como el segundo terceto en el cual Don Alfonso compara a las mujeres con el fénix arábico, o el genial Donne mie la fatti a tanti de Guglielmo. También murieron por causa del virus el Di pasta simile son tutti quanti de Despina y su genial recitativo emancipatorio sobre cómo reclutar amantes.

Pero no sentí demasiado la pérdida de Tradito Schernito. ¿Por qué? Pues porque aún cuando se trata de un aria maravillosa, siempre me exaspera la forma en que parece detener la acción dramática. Algo parecido me ocurre con las arias de Basilio y Marcellina cuando raramente las incluyen en el cuarto acto de Las Bodas de Figaro y con la sucesión de arias en el segundo acto de Don Giovanni, todas ellas imperdibles, pero tan difíciles de teatralizar como parte de la narrativa dramática digna de la gran escena final. Sí, ya sé que es un pecado decirlo para quienes no hablan de Mozart a secas sino del “divino Mozart.” Pero ocurre que este grande, el más grande en la caracterización psicológica de los personajes, merece algunos reparos en materia de dramaturgia teatral. Por supuesto que yo también prefiero un Cosi fan tutte completa a una experimental, pero…pero…

Pero creo que experimentar de vez en cuando con una ópera termina ayudando a comprender mejor la esencia de la misma. Por ejemplo, a mí Carmen me quedó más clara y atractiva después de haber visto la puesta que Kupfer prudentemente tituló Carmen, una versión o los experimentos de Peter Brooks. Y lo cierto es que esta inesperada alternativa salzburguesa tuvo por lo menos un momento genial, a saber la concatenación entre el final del primer acto y el comienzo del segundo: luego de echar a sus falsos pretendientes, las hermanas tardan pocos minutos en aceptar que tal vez han exagerado algo y aceptan recibir a aquellos en el jardín: en este momento, el único y simplísimo decorado de una pared blanca con dos puertas a los costados se abre en el centro para mostrar un bellísimo árbol nocturno. 

De la perceptiva regie de Christof Loy merecen destacarse un movimiento de personas en los cuales las miradas, ya sea cómplices o temerosas, de los diferentes personajes acompañaron un movimiento escénico que transformó en secundarios los travesti de Ferrando y Guglielmo, porque sus coloridos disfraces contrastantes con el riguroso negro de los demás, nunca podía hacerlos irreconocibles. En consecuencia, los cuatro amantes parecieron jugar todo el tiempo sin engañarse demasiado sino más bien experimentando con un cambio de pareja. Por un momento me ilusioné con que esta regie conduciría a un final de Cosi que todavía no he tenido el gusto de ver, a saber, uno donde gracias a Despina y Don Alfonso, los amantes descubren que estaban equivocados y terminan gozosos aceptando un cambio que los hará felices: los líricos, idealistas y romanticones Ferrando y Fiordiligi compartirán juntos una forma de ser tan parecida a la que tienen entre sí los sensualísimos Guglielmo y Dorabella. Pero no, aquí me desilusionó un poco Loy que a partir del “descubrimiento” del engaño dejó a los cuatro amantes tristes y frustrados, para aceptar un destino de penoso convencionalismo.

De cualquier manera, esta fue una excelente regie de la cual rescato para el lector alguno que otro momento memorable: al comienzo es obvio cómo las hermanas confunden los relicarios con el retrato de sus amantes, y durante Un aura amorosa Ferrando le saca las lágrimas a un Don Alfonso que finalmente comprende su propia incapacidad de amar. Durante Soave sia il vento, Alfonso y las dos hermanas son oscurecidos como sombras chinas que se acurrucan en el proscenio, una verdadera evocación de lo que hace muchos años hizo Giorgio Strehler con su glorioso Un rapto en el Serrallo. ¡Que bien cantan las sombras cuando de Mozart se trata! Y tal vez el momento más cómico fue la forma en que Despina interrumpe con su primera irrupción la tristeza de las hermanas: aparece y desparece batiendo sonoramente una cacerola y cuando vuelve a aparecer siempre con su cacerolazo, al público no le queda más remedio que reírse sonoramente. A pesar de los barbijos, porque, aún cuando taparse la cara no está prescrito para nadie una vez ocupados los asientos separados, muchos siguieron enmascarados durante toda la función. 

No así los amantes de Così que no vacilaron en abrazarse y besarse tiernamente en la boca, aparte de actuar y cantar muy bien y sin efectismos. No creo haya mejor forma de homenajear este excelente elenco de cantante que el decir que todos fueron actorazos capaces de manejar sus voces y su fraseo con sensibilidad y voz firmemente proyectada. Nombrarlos a cada uno por separado traería el riesgo de establecer diferencias de calidad o estilo capaces de hacer pensar que uno estuvo mejor que otro. ¡Desconfíe el lector de los teatros que promocionan Mozart con nombres célebres, de esos que no pueden con su genio para desbalancearlo todo con su exhibicionismo! De cualquier manera, todos los cantantes de este Così nos son bien conocidos a quienes buscamos lo que Mozart exige: interpretaciones sobrias y sensibles. Nada más. 

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