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Feminismo II, 250 años de racismo, el crimen original de los Estados Unidos

Juan Carlos Tellechea

martes, 1 de septiembre de 2020
Wir müssen über Rassismus sprechen © 2020 by Hoffmann und Campe Verlag

La polarización de una sociedad solo sirve a quienes quieren polarizarla, a los que arrojan gasolina a las llamas para atizarlas aún más y crear un infierno sobre la Tierra, como ocurre en los Estados Unidos en estos meses.

No se trata aquí de unir a un país, sino de fragmentarlo para conseguir demagógicamente que el actual presidente sea reelegido en los próximos comicios del 3 de noviembre; divide y reinarás. El lema lo hace suyo también un oportunista mandatario estadounidense que padece manifiestos trastornos de la personalidad y que se siente acorralado ante la creciente pérdida de puntos en las encuestas demoscópicas.

Los disturbios que se han desatado desde la muerte de George Floyd y el ataque a Jacob Blake a manos de la policía me traen a la memoria a los de la década de 1950 en Little Rock (Arkansas), y posteriores. Los más recientes alcanzan ya o superan aún la magnitud de los de 1968 con el asesinato de Martin Luther King. Quienes acudieron masivamente a la multitudinaria manifestación del Lincoln Memorial de Washington el pasado 28 de agosto (a 57 años del legendario discurso de Martin Luther King, I have a dream, soñando con una reconciliación entre blancos y negros en los Estados Unidos) reclamaban no solo por los derechos civiles, y por reformas en la policía, sino por justicia social.

Pero pierda o gane Donald Trump las próximas elecciones, el racismo persistirá en los Estados Unidos, porque hace falta mucho capital político para superarlo. Muros de dinero y de prejuicios dividen a la sociedad. Las consecuencias de la esclavitud hace 250 años no tienen miras de ser revertidas, por ahora y tal vez por largo tiempo, en ese gran país del norte de América. Dicho sea de paso, el racismo sordo o manifiesto no solo afecta a los Estados Unidos, sino también a países latinoamericanos donde la proporción de población negra es más elevada; Brasil, por ejemplo.

La injusticia social, el crimen original, tiene una dimensión que persigue por generaciones y más generaciones a la sociedad norteamericana. Indios y negros fueron excluidos desde un comienzo del paraíso terrenal; una malformación de nacimiento de los Estados Unidos.

Racismo es una estructura y no un suceso aislado en este país, subraya la socióloga, profesora e investigadora estadounidense Robin DiAngelo, de la Universidad de Washington, Seattle, en su exhaustivo libro White Fragility. Why it's so hard for white people to talk about racism (by Beacon Press, Boston), traducido al alemán como Wir müssen über Rassismus Sprechen. Was es bedeutet, in unserer Gesellschaft weiss zu sein* (Tenemos que hablaar de racismo. Lo que significa ser blanco en nuestra sociedad), publicado por la editorial Hoffmann und Campe, de Hamburgo.

El racismo en los Estados Unidos es más que evidente. Es lo más notable en este país. Todo parece más grande. Calles, automóviles, comidas, el espectro de identidades y precisamente el racismo, afirma por su parte la periodista alemana Alice Hasters en su muy interesante libro Was weisse Menschen nicht über Rassismus hören wollen aber wissen sollten* (Lo que los blancos no quieren oír sobre racismo, pero que deberían saber), de la editorial Hanserblau, de Berlín.

. Del racismo no se libra uno, porque afirme que no es racista, agrega Hasters, nacida en Colonia y descendiente de afroamericanos por parte materna. Su obra esta plagada de anécdotas sobre cómo se vive el racismo más o menos encubierto también en esta Alemania democrática, en la que una minoría de criminales nazis, neonazis y ultraderechistas antisemitas y xenófobos, intenta tomar el poder por la fuerza en contra de una gran mayoría.

El racismo aversivo se manifiesta más bien en personas bien intencionadas que se consideran educadas y progresistas, añade por su parte y con mucha razón DiAngelo. Ese racismo existe en el subconsciente, porque entra en conflicto con las convicciones conscientes de igualdad racial y de justicia. El racismo aversivo es una forma sutil y pérfida de racismo, señala la académica de la Universidad de Washington, ya que los afectados se comportan de manera que les permite mantener una autoevaluación positiva (por ejemplo: “tengo muchos amigos de color“; o “yo juzgo a las personas por su carácter, no por el color de su piel“).

¿De que color?, me decía una vez retóricamente un inolvidable y entrañable compañero de estudios universitarios en Montevideo (otrora también mercado de esclavos en el Río de la Plata), refiriéndose a ese tipo de personas que describe DiAngelo. Yo soy negro y me siento muy honrado de serlo, agregaba. No quieran saber ustedes, amigos lectores, los problemas que tuvo que sortear con su familia (blanca) una compañera de la misma Universidad cuando ambos se enamoraron, se doctoraron en abogacía, tuvieron hijos y finalmente se casaron.

Una postura que hace suya y con mucha lucidez Alice Hasters en su obra de más 200 páginas.

Para nada da igual el color de la piel. Lamentablemente no, subraya Hasters. Ignorarlo no sirve de nada. Por eso me describo a mí misma como Mujer Negra. Es una parte importante de mi identidad. Es muy importante para mí que sea escrito así, con mayúsculas, porque no se refiere solo al color de mi piel (...). Es mi denominación. Describe una identidad, total que se compone de muchas facetas, subraya.

El ex presidente Barack Obama, primer jefe de Estado negro de los Estados Unidos, cita a menudo a Martin Luther King en sus discursos: The arc of the moral universe is long, but it bends toward justice. King, a su vez, tomó prestada esa profesión de fe del teólogo abolicionista Theodore Parker, quien inspirara también al 16º presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, asesinado el 15 de abril de 1865.

Todos pueden contribuir a formar una Unión más perfecta, expresaba Obama en su alocución sobre La cuestión racial en 2008 – la política como reparación permanente de la historia, si bien no son de excluir los reveses, como el de ahora, bajo la actual administración. La insólita puesta en escena trumpista (que no 100% Republicana) de finales de agosto, la Convención de la posverdad en los jardines de la Casa Blanca, acribillada a desinformaciones, se dedicó exclusivamente a demonizar a su retador, el candidato Demócrata Joe Biden y a su compañera de fórmula, Kamala Harris, sin presentar un programa político ni sus objetivos más allá de la reelección, eludiendo por completo mencionar a las víctimas de los desmanes racistas.

Historia

Por supuesto, la esclavitud data de mucho antes de la fundación de los Estados Unidos de América en 1776; se remonta a la Antigüedad. No la inventaron los estadounidenses, quienes constituyeron una pequeña parte de los tratantes de esclavos que trajeron africanos como trabajadores forzados al Nuevo Mundo. El Museo de historia afroamericana, de Washington, es una excelente fuente pedagógica en tal sentido.

El comercio de esclavos para trabajar en las plantaciones agrícolas – primero en el Caribe y en América del Sur, después en América del Norte- era dominado entre los siglos XVI y XVIII por portugueses, británicos, españoles, franceses y neerlandeses. Estos, sin embargo, no eran siempre quienes secuestraban directamente a los esclavos en África; este abominable trabajo lo hacían predominantemente africanos. A lo largo de 400 años fueron traídos como esclavos entre 12 y 13 millones de africanos al otro lado del Atlántico.

Los europeos no se convirtieron en comerciantes de esclavos, porque fueran racistas (…), afirma la escritora alemana Tupoka Ogette, de padre tanzanio, citada por Hasters en su libro. Se hicieron racistas para esclavizar a seres humanos en su propio beneficio. Necesitaban un fundamento ideológico; una legitimación moral en su industria de saqueo mundial. Para decirlo de forma concisa y gráfica: querían dormir tranquilos.

La esclavitud fue un tema de discusión central en los tiempos de la fundación de los Estados Unidos y de los debates para plasmar la Constitución. La religión cristiana y su ideal humanista prohiben la apropiación de seres humanos. Eso ya lo sabían los padres de la Constitución como Thomas Jefferson, pero muchos eran al mismo tiempo propietarios de plantaciones. Su modelo económico se basaba en la esclavitud, si bien es cierto que más en los estados agrarios del sur que no en los del norte, que se apoyaba más en la manufactura y a partir del siglo XIX en la industrialización.

En 1794 los Estados Unidos prohibieron los suministros al comercio de esclavos, como barcos y equipamiento, y en 1808 la importación de esclavos. Oficialmente solo podían ser vendidos los esclavos (o sus hijos) que se encontraban en el país. También Gran Bretaña prohibió el comercio de esclavos en 1808. La presión para perseguir y secuestrar africanos disminuiría. Entre 1810 y 1860 llegarían 3,5 millones de esclavos a través del Atlántico. La Guerra Civil (1861 – 1865) pondría fin a la esclavitud, también en los estados del sur de los Estados Unidos.

Esto, unido a la industrialización del norte, conduciría a la Great Migration. En la vida cotidiana, la abolición de la esclavitud trajo pocos cambios para los afroamericanos en el sur. No eran más esclavos, pero recibían salarios de hambre por su fuerza de trabajo.

La economía del sur colapsó por la guerra y el fin de la explotación económica usual en esos estados. Millones de afroamericanos migraron hacia el norte, entre ellos los antepasados de la ex primera dama Michelle Obama. Su bisabuelo, Jim Robinson, nacido alrededor de 1850, era esclavo todavía en la plantación Friendfield en Carolina del Sur. Su abuelo, Fraser Robinson, nacido en 1912, trabajaba en un aserradero hasta que con la Gran Depresión (1929) se unió a la corriente migratoria y consiguió un puesto en el Correo en Chicago.

La segregación racial

El sur mantuvo la segregación racial en las escuelas, los restaurantes, los medios públicos de transporte; los afectados no solo eran los negros que vivían allí, sino también los visitantes afroamericanos del norte, como destaca el laureado filme Green Book del realizador Peter Farrelly, ganador de tres premios Oscar y tres Globos de oro. Esta comedia dramática se basa en la guía de viajes The Negro Motorist Green Book, que aparecía anualmente entre 1936 y 1966 y que brindaba informaciones a los negros sobre dónde podían cargar gasolina, comer y dormir. El Green Book es una de las piezas más importantes exhibidas en el referido Museo de historia afroamericana de Washington.

El norte oficialmente no conocía una segregación racial, pero ésta funcionaba en la práctica. Los afroamericanos tenían una educación insuficiente e ingresos muy bajos. Murallas de dinero y de prejuicios separaban, según el color de la piel, los barrios, las escuelas, los clubes y asociaciones. Los latinoamericanos ilegales o no experimentan algo similar hoy en día.

Muy lentamente esas murallas comenzaron a mostrar grietas. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) tropas estadounidenses combatían separadas por el color de su piel, aún cuando el presidente Franklin D. Roosevelt había abierto a todos los ciudadanos el ingreso a la vida militar y al gobierno. Las acciones de las unidades de afroamericanos, como los Tuskegee Airmen con los primeros pilotos negros de combate o el batallón de blindados 761 ponían en cuestión la imagen de superioridad de los soldados blancos.

También en la vida civil el progreso representaba una lucha denodada. Primero con la emancipación legal, después con la aplicación de la ley. El derecho al voto de los negros incluído en la XVa enmienda permaneció largo tiempo sobre el papel sin ser implementada. A veces los magistrados constitucionalistas ratificaban situaciones cuestionables, como en 1896 con la sentencia sobre la segregación racial en la educación escolar que, según los jueces, no contravenía la ley de igualdad. Las escuelas podían estar separadas pero ser iguales (separate but equal).

El movimiento por los derechos civiles tuvo sus iconos en las décadas de 1950 y 1960. La detención de Rosa Parks, quien se negó en 1955 a ceder su asiento a un blanco en un autobus en Montgomery, Alabama, causó la airada reacción de la población negra que boicoteó entonces los servicios de transporte públicos.

La legislación

En 1956 la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación racial en los autobuses. En 1954 había tenido que corregir su sentencia sobre la segregación en las escuelas. Pero los institutos públicos de enseñanza sureños hacían caso omiso de la decisión judicial. El presidente Dwight Eisenhower tuvo que enviar en 1957 tropas a Little Rock para proteger contra una multitud enfurecida a nueve valientes estudiantes negros (seis chicas y tres chicos) que querían ir al colegio, donde finalmente pudieron terminar sus estudios. Hoy el instituto es también un museo contra la segregación racial. Poco después entraría en vigor la ley de derechos civiles de 1964 que pena todo intento por impedir que los ciudadanos negros puedan ejercer el voto.

Tras la protesta de cuatro estudiantes negros en Greensboro, Carolina del Norte, concluyó la segregación racial en bares y restaurantes, mientras los Freedom Riders norteños colaboraron en poner fin a la segregación en los autobuses de largo trayecto. En 1964, 1965 y 1968 se aprobaron leyes sobre la igualdad de derechos electorales, laborales, de residencia y de alquiler.

Trump y su mano derecha violenta

Un filme para la televisión de 1998, dirigido por Euzhan Palcy, aborda la emocionante historia de la escolar Ruby Bridges, de seis años de edad, quien tuvo que luchar en 1960 para acudir a una escuela de blancos en Louisiana. El arco de la historia se inclina paso a paso hacia una mayor justicia social. Sin embargo, no queda otro camino. El pendón de Black Lives Matter es trascendental, siempre y cuando no sirva para desembocar en actos violentos y desmanes que solo ayudan a Trump a quedarse por otros cuatro años en la Casa Blanca.

El presidente ni se molesta en impedir una escalada del conflicto. Todo lo contrario, contribuye con cada uno de sus actos a que el caos sea aún mayor, mientras adopta la pose de un defensor a ultranza de la ley y el orden (Law and Order) para atraer más clientela electoral conservadora. Los que perpetran actos violentos no hacen más que trabajar en su favor, sin pensarlo ni proponérselo.

En 1968 los Estados Unidos eran un país muy diferente al de antes de la abolición de la esclavitud. En 2020 los afroamericanos tienen más derechos y posibilidades que en 1968. Ha surgido una clase media negra a la que le va mejor que a muchos blancos. Un negro fue dos veces presidente de los Estados Unidos. Pero la mayoría de los afroamericanos (y también de los latinos) sigue siendo discriminada de muchas maneras.

El gran obstáculo es la desigualdad de oportunidades económicas y sociales que sigue padeciendo: verbigracia en la educación, en la salud (negros y latinos están tres veces más expuestos a los riesgos del coronavirus que el resto de sus conciudadanos blancos), algo que ya Martin Luther King profetizaba poco antes de ser asesinado; a lo que hay que agregar el alto desempleo que afecta a los más pobres, desvalidos y vulnerables en situaciones de crisis como la presente, por la pandemia. A todas luces, será necesario más de un Barack Obama (¿o de una Kamala Harris?) en la Casa Blanca para cambiar algo más las cosas en el sistema capitalista salvaje (y neoliberal) de este país, totalmente huérfano de una componente de solidaridad social o de mutualismo de cuño europeo en su legislación (que Trump se encarga, muy presto, de difamar, tildándola de comunista).

Notas

Robin DiAngelo, Wir müssen über Rassismus Sprechen. Was es bedeutet, in unserer Gesellschaft weiss zu sein, Hamburg: Hoffmann und Campe, 2020, 224 Seiten. ISBN 978-3-455-00813-5

Alice Hasters, Was weiße Menschen nicht über Rassismus hören wollen, Berlin: Hanserblau Verlag, 2020, 208 Seiten. ISBN 978-3446264250

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