Creo que no me equivoco si digo que, en general, los amantes de la ópera la única Fedra que conocen es la protagonista del declamado con el que la Adriana Lecouvreur de Cilea cierra el tercer acto, el poderoso “Giusto ciel! Che feci in tal giorno!”. Sin embargo, era raro que no contara con un título propio, habida cuenta el papel de la mitología griega como fuente de inspiración para los libretos barrocos. Sin duda, su historia era digna de las tragedias líricas de la reforma gluckiana. Y en sus aledaños la encontramos precisamente.
La etiqueta que rodea a los sucesores de Gluck, reduciéndolos a meros epígonos, es empobrecedora e injusta. La exhumación en los últimos años de óperas de Grétry o Méhul, por ejemplo, han confirmado que no solo Salieri supo ir más allá del modelo gluckista, como confirman la escucha de Les danaïdes, Les…
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