Desde hace unos pocos años, cada primero de enero, añado a mi equipaje de buenos propósitos, la esperanza de que se cumplan unos cuantos sueños musicales imposibles. Sin embargo, muy pronto, a través de la ventana de los días laborables, descubro que el paisaje oscuro de la realidad no ha cambiado: Celibidache no ha resucitado, los tres tenores vuelven a cantar y el trombón bajo de la orquesta insiste en tocar demasiado fuerte. Sueños imposibles. Hoy, en el recibidor de un nuevo milenio, a través de la mirilla de la puerta, busco en el pasado algún alguna experiencia personal que me permita construir un sueño posible. No tardo en descubrirlo. En el recuerdo de un concierto que celebramos la pasada temporada conmemorando la muerte de J. S. Bach hace un cuarto de milenio, encuentro una excusa para seguir soñando. La materia prima: su…
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