Suiza

Entre el Titanic y el Princesa de las Czardas

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 30 de septiembre de 2020
Zúrich, viernes, 25 de septiembre de 2020. Ópera de Zürich. La princesa de las czardas, opereta en tres actos con libreto de Leo Stein y Bela Jenbach y música de Emmerich Kálmán. Regie: Jan Philipp Gloger. Escenografía: Franziska Bornkamm. Vestuarios: Karin Jud. Iluminación: Martin Gebhardt. Video: Tieni Burkhalter. Dramaturgia: Claus Spahn. Coreografía: Melissa King. Elenco: Annette Dasch (Sylva Varescu), Pavol Breslik (Edwin), Spencer Lang (Boni), Rebeca Olvera (Stasi) Martin Zysset (Feri). Coro de la Ópera de Zürich y Philharmonia de Zürich bajo la dirección de Lorenzo Viotti. Trasmisión televisiva
Gloger, Die Csárdásfürstin © 2020 by Toni Suter

Soy de los que nunca pueden separar la ficción de la realidad. Por ello lo que veo en escena no tiene para mi sentido si no reproduce alguna realidad acechante a la salida de un teatro. Es así que hace unos días mi paseo junto al edificio que aloja la exposición permanente sobre el Titanic en Belfast se fundió con mi visita virtual a otro navío catastrófico, el Princesa de las Czardas (“Czardasfürstin”), que navegó en la Ópera de Zürich. Jan Philipp Gloger acertó en trasladar la acción de la opereta de Kálmán de Budapest y Viena a un yate de súper-ricos. El Titanic se hundió en 1914, y la opereta se estrenó un año después en una Viena que también enfilaba hacia el naufragio de la Primera Guerra Mundial. El edificio del Titanic es una gigantesca proa posicionada como para deslizarse a lo largo de la amplia avenida a lo largo de la cual resbaló el transatlántico desde su astillero para zambullirse por primera vez en la zona portuaria de Belfast. Y también la proa del Princesa de las czardas sobresale durante toda la función de la opereta, para girar sobre sí misma y moverse mientras sus pasajeros bailan esos sublimes valses lentos con un fondo de cielo estrellado. 

La transmisión de la ópera de Zürich reveló el prodigio de una orquesta y un coro trabajando con distanciamiento sanitario en la sala de ensayos de la Kreuzplatz, con cables súper súper (tienen un nombre que no recuerdo) llevando el sonido a la velocidad de la luz al foso y a la escena. Los espectadores in maschera, no más de novecientos pero bastante amontonados, escuchan todo como si la orquesta estuviera en el foso. Antes de comenzar, les pasan una peli explicándoles como funciona todo y la transmisión incluye interesantísimas entrevistas en alemán que, siento informar al lector, no tienen subtítulos. Pero que le vamos a hacer: así son ellos. Por lo menos pusieron subtítulos en inglés para esta opereta cuya protagonista, la cabaretera Sylvia Valescu, es aquí la chica que se encarga de las toallas limpias del servicio de cubierta. 

Valescu también acepta cantar y bailar junto a otras chicas que suben a bordo desde un pequeño bote que, cuando se acaba la diversión, las devolverá a una costa cercana. Y la diversión es comprada por el dueño del yate, el príncipe Erwin y sus geniales secuaces Boni y Feri. El personaje en discordia es Stasi, la neurótica prometida de Erwin, que se la pasa tomando y durmiendo para arruinar con algunas apariciones quejumbrosas el romance de su prometido con Sylvia. En uno de los finales todos bajan a la playa de una isla para bailar con los nativos. Pero no hay ilusión que valga porque la negrura del fin de una época se asoma por todas partes. Primero un submarino se interpone fugazmente entre el publico y los navegantes. Y las cosas se ponen peor cuando el aburrido y agresivo desayuno de Erwin y su prometida oficial es interrumpido por una explosión detrás del escenario. Solo vemos algo de humo como trasfondo de una escena de magistral teatralidad: mientras los prometidos ilustran su pelea poniéndole manteca a las tostadas y amenazándose con un cuchillo de mesa, los marineros se ponen los chalecos salvavidas y también se los colocan a los neuróticos Erwin y Stasi después de arrancarlos de la mesa del desayuno. Y el barco se hunde, con magnífico efecto … ¡pero éste no es el fin, porque los personajes siguen cantando y peleándose en el fondo del océano, para después emerger a protagonizar las escenas finales junto a una proa encallada junto a un iceberg! Pero aquí no acaban las sorpresas: los desesperanzados y congelados protagonistas sienten la llegada del helicóptero invisible del cual bajarán dos sillas. Primero suben Erwin con Sylvia, pero mientras estos cantan en el aire, se oye la voz del papá del príncipe informándole que él sólo acepta la prometida oficial.  

Es esta una producción escénica tan desopilante y sin sentido como el original de 1915, pero con una ventaja decisiva: valses, polcas y czardas consiguen desbocar en el frenesí surrealista que esta música merece hasta desembocar un apocalipsis jubiloso. Annette Dasch cantó y bailó su Sylvia con una presencia escénica similarmente arrolladora a la que le pude apreciar en el mismo papel hace varios años en la Volksoper. Excelentes también el Erwin de Pavol Breslik y Rebeca Olvera como Stasi. Pero todos ellos son ya archiconocidos en sus talentos. Una sorpresa fue para mí Spencer Lang, un Boni de canto abierto y bien impostado y en esta producción un semi-hippie de irresistible irreverencia y simpatía, verdaderamente uno de esos artistas que salta a través del foso para hacer lo que quiere del público. 

Hacia el final todos los personajes vuelven a escena para recibir una lluvia de contaminación y aves muertas porque a la guerra ha seguido la destrucción ecológica del planeta. Todos se agazapan a la proa para morir en su punta y mirando a las estrellas, pero el vals es un combustible milagroso para esta proa que transformada en una nave espacial se aleja de un planeta que estalla en pedazos para navegar en un infinito de interrumpido por alguna que otra esfera: con sus valses La princesa de las czardas ha conseguido desatar amarras para navegar sobre su propia la inmortalidad musical. 

Bajo la batuta de Lorenzo Viotti, la música de Kálmán consigue lograr lo que merece, esto es un éxtasis de jubiloso desenfreno acorde con frases como “me compro el mundo … ¿como sabemos que seguirá girando, o si mañana no será demasiado tarde?” Una media hora antes y de este refrán, el Feri de Martin Zysset agrega una estrofa suya a los cuplés del viejo Noé. La comparación entre el Princesa de las Czardas y el Arca no puede ser más apropiada en esta escenografía, donde como en la historia bíblica los personajes han subido a bordo para salvarse del diluvio. ¡El virus!, dice Feri en su reflexión adicional, algunos tratan de evitarlo todo para evitar lo peor, y otros piensan que todas son estupideces. ¡Qué bien hizo Noé en aceptar solamente animales! Totalmente de acuerdo.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.