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El síndrome del cuñadismo

Juan Carlos Tellechea

viernes, 2 de octubre de 2020
Henri Vidal, Cain © Domonio público. Wikipedia

La estupidez humana ha alcanzado cotas asombrosamente elevadas en los últimos 25 años. El 19 de abril de 1995 un individuo de nombre McArthur Wheeler decidió asaltar consecutivamente dos bancos en la ciudad estadounidense de Pittsburgh, Pensilvania. Contrariando las viejas costumbres de los gánster, Wheeler no se cubrió el rostro con una máscara y, como era de esperar, las cámaras de seguridad captaron su imagen, la policía libró una orden de búsqueda y captura con su foto y fue detenido poco después.

Pero, lo más asombroso viene ahora; durante los interrogatorios el delincuente meneaba la cabeza y murmuraba, pero si yo utilicé el zumo...Wheeler declaraba a los asombrados policías que él se había embadurnado la cara con zumo de limón para hacerse invisible ante las cámaras. Los análisis de sangre que se le practicaron, tras sus confesiones, para saber si estaba alcoholizado o drogado dieron resultados negativos.

No era que el asaltante estuviera eufórico por la ingestión de algún psicoactivo, sino que, sencillamente, era extraordinariamente tonto. Suponía que el zumo de limón, utilizado también para escribir crípticamente, tendría las misma funciones si se lo aplicaba en su rostro. Lo que no sabía este supercerebro era que además de no ser efectivo para alcanzar el objetivo que se había propuesto, el jugo de ese cítrico le iba a causar una dolorosa irritación en los ojos.

La conducta del delincuente llevó a dos psicólogos sociales estadounidenses, Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad de Cornell a estudiar el fenómeno y formular una tesis que en 1999 pudieron demostrar con una amplia serie de experimentos. Normalmente las personas no muy capaces están convencidas de que son las más inteligentes del mundo. Es el fenomeno del cuñadismo.

El asunto es que estos individuos permanecen imperturbables aún cuando se les presentan pruebas que demuestran lo contrario, por ejemplo, tras varios tests de lógica, gramática, humor y hasta de manejo de armas de fuego. Durante largas horas de experimentación, los ignorantes aseguraban que eran ellos los que tenían la razón y no los investigadores.

El efecto Dunning-Kruger confirma muchos refranes populares y nos enfrenta permanentemente con personas que no saben que son tontas: jóvenes que creen ser los mejores automovilistas del mundo, otro tanto constatamos con frecuencia entre aficionados al fútbol frente a los árbitros de un partido o los manifestantes que salen a las calles para protestar por las medidas de prevención contra la pandemia del coronavirus y aceptan a pie juntillas todas las teorías conspirativas que les echen.

Más graves aún son los actos criminales perpetrados por presidentes de países pseudodemocráticos que creen poder manipular las elecciones a su antojo, eliminar a opositores con armas químicas (ineficientes para sus perversos propósitos y fácilmente detectables) o emprender guerras. Alexander Vidman, testigo clave ante el Congreso de los Estados Unidos para entablar un juicio político (que al final no tuvo lugar) contra al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostiene sin ambages que éste es un tonto útil del presidente ruso Vladimir Putin.

El intelecto de muchas personas es realmente limitado y nadie puede hacer nada para evitarlo. Los dones con los que estamos bendecidos desde un comienzo no siempre están bien repartidos. El problema radica en que muchos no reconocen sus limitaciones; les falta el metaconocimiento para ello; y lo que es peor, se consideran los más grandes del orbe e impresionan a su entorno con su energía, su confianza en sí mismos y su sentido de estar cumpliendo una misión. Es ésta una de las formas más elevadas y perfectas de impostura .

Esto resulta ser un gran problema, porque, en la ignorancia más supina. esa apariencia segura no solo le puede traer a una persona inmerecidamente buenas notas en la escuela, sino también convertirlo en el hombre más poderoso del mundo, como le ha ocurrido a Trump en 2016.

Las espantosas lagunas de conocimientos que denota el 45º presidente de los Estados Unidos, de las cuales da cuenta ya su vocabulario minimalista, están harto documentadas. El escritor Dave Eggers, autor de la exitosa novela Die Parade resumía recientemente en una entrevista de prensa que pudiera ocurrir que nosotros los estadounidenses elijamos una vez más a un idiota como presidente.

Cualidades como la modestia, la tranquilidad, el intelecto, la curiosidad, la experiencia y la pericia son subestimadas en los Estados Unidos. El sistema político de ese país es una idiotocracia, y la cultura política de su ciudadanía bastante deficiente, porque si no, no se explica cómo pudieron haber sido elegidos algunos de los presidentes que ocuparon la Casa Blanca en las últimas décadas y que llevaron al país a la desastrosa situación en la que se encuentra.

La confianza en sí mismo y la firme determinación imponen arbitrariamente; la constancia absoluta, aún después de haber emitido un juicio erróneo y nefasto, despiertan la impresión ante buena parte de la población de estar ante una personalidad con fuerte capacidad de liderazgo. ¿No se nos inculcó siempre que los más inteligentes ceden?

Ciertamente, ese principio, en esencia simpático, cuando es mal entendido conduce al desastre. Se lo interpreta como que, en definitiva, no hay que perder ni tiempo ni energía en discusiones con ignorantes; y nada más. En lugar de ello, innumerables personas reclaman sistemáticamente para sí y con increíble descaro el éxito de otros; y cuando algo sale mal la culpa la tiene siempre algún otro.

Entretanto, los más inteligentes están a menudo literalmente más ocupados consigo mismos. Rápidmente las sanas autocríticas se convierten en dudas exageradas. Esa presunción de incapacidad hacia su propia persona se denomina síndrome del impostor (léase el temor absolutamente infundado de ser desenmascarado como un incompetente, despedido y liquidado de por vida); una auténtica pesadilla.

La humildad intelectual es una bendición que se adapta automáticamente, ya que por lo general con cada respuesta alcanzada se topa uno con nuevas interrogantes. Sócrates (el filósofo clásico griego) ya lo tenía muy claro: solo sé que no sé nada; era consciente de sus conocimientos, pero lo que no sabía, precisamente, era la relación de esos conocimientos con el todo.

Hasta dónde podríamos llegar lo vaticinaba ya la comedia de ciencia ficción estadounidense Idiocracy (2006), del realizador Mike Judge. Los ignorantes triunfan en toda la línea, hasta que casi mueren de inanición, porque irrigan sus campos con softdrinks. En esa sátira, Joe, el estadounidense promedio más adocenado, con un cociente de inteligencia (IQ) de 100, es sumido en un estado de hibernación artificial junto con la prostituta Rita, su compañera sentimental. En el 2505 despiertan ambos como genios, y sin hacer nada para ello, porque el resto de la Humanidad ha alcanzado un estado de degeneración total.

En vista de la explosiva popularidad de las teorías conspirativas más peregrinas (La Tierra es un plato) esto a veces no parece tan descabellado. El legendario profesor de bioquímica y autor de libros de divulgación científica y de ciencia ficción Isaac Asimov ya advertía en 1980 contra el antiintelectualismo (…), alimentado por la falsa noción de que democracia significa que 'mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento'. "

Exactamente esa es la posición que propagan quienes básicamente no creen más en los medios de comunicación de alta calidad ni en los expertos de renombre, que supuestamente postulan pensar por sí mismos y cuestionar y que creen en cualquier mentira, mientras encaje en su visión del mundo.

En tal sentido, cuánto más emocionado esté el público, tanto más receptivo será para los denominados hechos alternativos . No hace mucho se divulgaba una foto en las redes sociales de la primerea dama Melania Trump visitendo un atuendo con motivos en blanco y negro que parecía mostrar el rostro del ex presidente Barack Obama. Muchos usuarios sorprendidos y molestos compartían con otros la imagen que por supuesto estaba trucada. En realidad Melania Trump llevaba una chaqueta con la inscripción I really don't care mientras se dirigía a visitar un campo de internamiento de niños de inmigrantes ilegales. La falsificación de tan mal gusto era absolutamente real.

Pero, dicho todo esto, sería sumamente peligroso subestimar a Donald Trump. En su ignorancia, él confía en sí mismo y en nadie más. Tuvo la gran mala suerte de que cayeran dos meteoritos en su terreno: la pandemia del coronavirus, cuya gravedad subestimó negligentemente (sin admitir jamás su error, siguiendo las normas de educación impuestas por su padre), y la muerte de George Floyd a manos de la policía de Mineápolis que desató protestas en todo el país. Sin embargo, Trump sabe muy bien qué discurso debe pronunciar ante sus seguidores y cómo seducir a los indecisos para que lo reelijan y continuar otros cuatro años en la Casa Blanca. Hará todo lo posible para conseguirlo; no descartará ninguna estratagema para ello, porque si no lo logra será un perdedor (loser) y quedará estigmatizado para siempre (como también le enseñó su progenitor). Esto es absolutamente real, aquí no hay fake news.

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