Uno termina el día -cualquier día- cansado y harto de la mascarilla y de llegar tarde a todos los sitios por olvidarla, hastiado y disgustado de las astucias torticeras (me resisto a llamarla maldades, porque eso supondría cierta inteligencia, aunque Sócrates decía que el malo lo era por ignorante, y entonces tal vez podría ser) de algunos políticos que dicen representarnos (‘no en mi nombre’) y, también, de las de ciertos jueces más que caducados caducos: comparados con el dichoso virus y la mascarilla de las narices son mucho más letales. Y entonces se produce el milagro: llega casi corriendo a este concierto y la música que se hace, y en muchos momentos cómo y por qué se la hace, no sólo es un bálsamo, una cura reparadora, sino que consigue el milagro del lifting del espíritu (ese que no se ve y por eso, cuando se produce, siempre…
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