Feliz la idea de convertir los condicionantes de Covid-19 en la oportunidad de presentar el sinfonismo de Schubert en distintas ciudades y múltiples programas: un precioso viaje musical en las alforjas de una orquesta viajera. Feliz también Robert Treviño, entregado plenamente a un repertorio que ahora mismo abre una dimensión fresca e ilusionante del maestro, lejos del gran aparato orquestal con el que años atrás deslumbrara con Mahler, Bruckner o Shostakovich. Este Treviño, forzosamente más íntimo, se muestra extremadamente musical y dirige con un gesto hermoso y desenvuelto, simbiótico con su característica firmeza. Pocas cosas en un concierto son tan felizmente contagiosas como percibir que un maestro disfruta en el podio, que se nutre de su propio trabajo: admirables esos maestros egoístas que copan la nómina de los grandes…
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