Opinión

Hacia la extinción de los programas de mano

Carlos Ginebreda

jueves, 5 de noviembre de 2020
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Los programas de mano para conciertos y funciones de ópera están en un proceso de paulatina desaparición. Antes de entrar en el asunto quisiera hacer una aclaración sustancial. Durante las funciones en plena pandemia de la Covid 19 es totalmente razonable la supresión de los programas de mano, tanto por razones económicas como de seguridad. En la grave situación actual debe regir el principio de Prima la música e poi la parola, es decir, que lo esencial es que haya conciertos y representaciones de ópera (aunque sean en versión de concierto), y después a la palabra por medio de los programas. Exigir buenos programas de mano ahora es lo de menos.

Esta progresiva desaparición viene de antes. Podríamos poner el inicio de este fenómeno en la crisis económica y financiera del año 2008, y el problema alcanza a España y América Latina. Empecemos por los conciertos para luego pasar a la ópera. Un programa de mano contiene los datos de las obras que se interpretan (con la máxima precisión de número de catálogo y tonalidad), los de los compositores y los de los intérpretes. Por lo que se refiere a los intérpretes, la información puede ser breve o amplia, y en este último caso es buena la tendencia desde hace ya muchos años de la inclusión de los nombres todos los miembros de la orquesta y coro así como los de los responsables que están entre bambalinas. Si son obras vocales no cantadas o recitadas en castellano (o en cualquiera de las demás lenguas de los territorios de la península) debería incluirse la correspondiente traducción. Aquí es donde se produce un primer problema, ya que no siempre se incluyen las traducciones de obras en lenguas extranjeras. Los fallos y carencias son abundantes, y no hay excusas toda vez que puede acudirse a traducciones ya publicadas, siempre que se protejan los derechos de autor. Hay que tener en cuenta que muchas de las temporadas musicales en España y Sudamérica están subvencionadas, y el oyente tiene derecho a que se le facilite la traducción de lo que oye. Para el caso del alemán existen muy buenas traducciones* -por poner dos ejemplos– de Ángel F. Mayo o Luis C. Gago (disculpe el lector que no cite a otros que ha realizado notables traducciones). En el caso de interpretaciones de Lieder* es incomprensible que no se adjunten traducciones y lo mismo sucede con la música religiosa*. Debe extenderse la traducción a las obras cuya letra viene redactada en latín, que lamentablemente ha desaparecido en la Educación Secundaria. Espero que el cabreo no sea sólo mío.

No puede servir de excusa decir que el que asiste a un concierto puede consultar los datos por sus propios medios, a través de las redes sociales*. Las bases de datos no siempre son buenas y puedes encontrar un libreto pero no una sinopsis, o bien falta información musical, o bien hay exceso de discografía recomendable. Sí es legítimo, en cambio, que se designe un enlace en internet por la propia organización del concierto, en el que conste toda la información. Así se hace ya en muchos conciertos que se celebran tanto en España como en el extranjero. De todas formas ello podría excluir a personas no habituadas a manejarse en estos medios informáticos, pero lo cierto es que habría un ahorro de impresión en papel.

Hay otro inconveniente insoslayable, y es que el vecino o vecina de butaca a través de su teléfono móvil o tableta siga el programa causando problemas a los demás: la solución son las pantallas fijas, como diremos más adelante. Aunque así sea, prefiero una tableta a una tos persistente. Por cierto, debo dejar constancia de que con la pandemia se han reducido notablemente las toses y estornudos. Están mal vistas, ya que pueden expandir el contagio y concitan la mirada crítica y censuradora de los demás asistentes. Ojalá este fenómeno se quede para siempre.

Si queremos que la asistencia a los espectáculos de la llamada música clásica continúe para la gente joven, no hay que bajar la guardia y seguir informando, aunque sea de la Novena Sinfonía de Beethoven o de La Traviata. Son muy útiles los foros de internet, pero uno contempla atónito la falta de formación y a veces la falta de cortesía en dichos foros.

El recuerdo de los magníficos programas de mano de la temporada Pro Música en el Palau de la Música de Barcelona (y más tarde de Ibercámera), los de Ibermúsica en Madrid promovidos por Alfonso Aijón, e incluso en algunas épocas los de la ONE o la ORTVE o del Festival de Canarias, no creo que se vayan a repetir. El esfuerzo, la extensión y el contenido de los programas alcanzaron en época de vacas gordas una calidad difícilmente hoy superable.

Sin embargo, una de las ventajas de los enlaces en internet para consultar los programas es que las orquestas o instituciones organizadoras pueden acumular programas de conciertos pasados. Esta función de archivo es sumamente positiva. Así lo hace por ejemplo la Fundación Juan March, y lo viene haciendo desde hace muchos años. Esta Fundación también contiene archivos en audio y en video de la presentación de los conciertos: una labor encomiable y una fuente de información amplísima. Animo desde aquí a que otras organizaciones musicales vayan archivando en sus páginas web sus programas, en pdf, escaneados o de cualquier otra forma que habilite su consulta.

En las funciones operísticas, la cosa ha ido a peor en teatros como el Real, el Liceu, la ABAO, Canarias o la Maestranza (y muchos otros, por lo que disculpen de nuevo los lectores que no haga una cita completa y extensiva). Lo de los programas ha venido reduciéndose hasta extremos inesperados. A veces sólo se incluyen los intérpretes y la sinopsis de las óperas. En otras ocasiones se incluyen entrevistas o artículos de los directores de escena*. Pero se olvidan de algo esencial: de los libretos. Me molesta profundamente que en un teatro de ópera no se disponga al entrar en el teatro del libreto con su correspondiente traducción telemática. No es excusa que se puedan conseguir por las redes sociales*. Pero no se trata sólo de la falta de traducción de los libretos, sino de escritos de los compositores o libretistas, correspondencia y artículos de críticos o conocedores de las obras que se han venido publicando hasta no hace mucho.

Por poner un ejemplo wagneriano. Mucha gente me pregunta si sé dónde encontrar las estupendas traducciones de la obra de Wagner realizadas por el inolvidable Ángel F. Mayo. La contestación era evidente hace unos años: en los programas del Teatro Real. ¿Y cómo se consiguen? Antes los vendían, ahora no lo sé. Tendría que acudirse a a algún conocido, o bien buscar en librerías de viejo; o en el Rastro madrileño o los Encantes de Barcelona. El candidato a la compra lo tiene jodido. ¡Pobre Ángel y demás compañeros de crítica!: sus trabajos y sus derechos de autor se los ha llevado el viento de los años.

Aunque lo que abunda no daña, se han venido añadiendo en los programas artículos de intelectuales, académicos o profesionales de asuntos ajenos a la música*. Ya para terminar, se anexaba un capítulo de la discografía de la obra que se interpretaba. El peligro se hallaba en las opiniones de los críticos sobre las bondades o no de grabaciones de todo tipo, con recomendaciones a veces realmente subjetivas, y estériles rivalidades entre los críticos a los que les tocaba esta tarea*.

Una de las vías de solución que se emplea es las pantallas que utilizan diversos teatros de ópera donde vienen los subtítulos y que se colocan en la parte trasera del asiento de delante. En los grandes teatros los financió en su día el empresario norteamericano nacido en Cuba, Alberto Vilar, pero entonces era carísimo. Vilar tuvo después de tanta inversión problemas económicos y legales. Creo que la tecnología avanzada de hoy permitiría aplicaciones con una solución muy similar. Cuando empezaron a colocarse era muy caro, y ahora la cosa ha cambiado para mejor. Con la tecnología más barata, podrían acceder otros teatros y auditorios de menos renombre pero muy importantes para la vida musical local. Si dicen que la información está en la nube, pues que baje sin dilación. Por añadidura, la solución de las pantallas fijas evitaría el molesto ruido del paso de las páginas de los programas por parte de los vecinos de butaca.

Por último, el tamaño sí importa. Los programas de mano deberían poderse guardar en una gabardina o una chaqueta. Ha habido una época que en Bayreuth han vendido programas enormes, más grandes que el formato DIN A 4 y de un grosor excesivo, más concretamente en la última época de Wolfgang Wagner. En Bayreuth, a pesar de la incomodidad de las butacas la gente se pega unas siestas de órdago. Una vez se sentó el voluminoso Matti Salminen tres filas más abajo de mi butaca. Los vecinos de la fila de atrás no veían el escenario, lo cual invitaba a escuchar o dormir. Especialmente si hace calor o si lo que se toca invita a la somnolencia, los programas se caen una y otra vez. Los ronquidos son tan abundantes que parece que Fafner esté por todas partes. Recuerdo un Ocaso de los Dioses dirigido con una lentitud insoportable por James Levine. Estoy casi convencido de que hubo algún espectador que tiró el programa al entarimado con estruendo y alevosía, para que la cosa se animara, con tal de evitar la morosidad de Levine.

Las conclusiones sobre esta desaparición paulatina de los programas de mano son de muy diversa índole. En primer término hay que comprender la situación económica de cada organización, orquesta o teatro de ópera. El mecenazgo escasea y la publicidad no es fácil de obtener en tiempos de crisis. En segundo lugar, parece sensato acudir a la tecnología. En tercer lugar sí que deberían incluirse contenidos mínimos en soporte físico o telemático, y en este punto son imprescindibles los textos completos, los libretos y sus traducciones. En cuarto y último lugar, hay que animar a las librerías de segunda mano y a los anticuarios para que pongan en circulación aquellos viejos programas que tanto nos gustaban en tiempos de abundancia. Así sucede con los programas de los Festivales de Bayreuth* o Salzburgo, que circulan a precio asequible, aunque en ocasiones aumentan de precio por contener algún autógrafo de los artistas.

En resumen, austeridad en los programas en lo esencial y que sobrevivan la música y la palabra en estos tiempos de escasez.

Notas

1. No me olvido aquí de las temporadas de música de Cámara y Lied organizados por el Teatro de la Zarzuela, que normalmente han venido elaborando programas con buen contenido y las correspondientes traducciones.

2. En el caso de los Lieder de las jornadas estivales de la Schubertiada en Vilabertrán debe indicarse que los programas de mano están muy bien confeccionados.

3. Fuera de los programas habituales, los aficionados cuentan con la posibilidad de adquirir obras tan documentadas como las de Pérez Cárceles, con traducción de los Lieder de Schubert, Schumann, Strauss, Mahler, Wolf y otros. En este caso se hallan editadas en libros bien presentados.

4. Por ejemplo, la mayoría de las Cantatas de Bach pueden encontrarse en internet en su traducción al castellano.

5. Esta tendencia es a veces antipática, ya que los directores de escena explican tal como ven una obra u otra, o su visión de tal o cual personaje. Uno no deja de sorprenderse del mensaje que estos registas pretenden. Verdaderas atrocidades en algunos casos.

6. La ayuda de la página de Kareol es de muchísima utilidad, y vaya desde aquí mi apoyo a sus autores.

7. Eran épocas de bonanza, ha habido multitud de personajes que nos han metido unos rollos psicológicos, literarios o metafísicos realmente excesivos. El nepotismo y el enchufismo se notaban a la legua.

8. Aunque sea sólo una opinión personal, debería andarse con mucho tiento con las recomendaciones de determinados registros, y creo que deberían dejarse para las revistas especializadas en música.

9. Por lo que se refiere a los programas de Bayreuth, sólo fueron trilingües (alemán, inglés y francés) desde finales de los 50 o principios de los 60. Pueden costar entre 20 euros los más antiguos y 10 euros a partir de los años 60. Estos programas se ceñían a una obra en concreto y con una extensión limitada, para que uno se lo pudiera meter en el bolsillo. Eso evitaba que los sesudos wagnerianos se enrollaran en exceso. Debo recomendar desde aquí el programa de Parsifal correspondiente al Festival de 1973, dedicado a Wieland Wagner y su escenografía de esta obra desde 1951, que incluyen escritos y entrevistas con él. Una delicia.

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