Discos

Betulia liberada y exaltada

Raúl González Arévalo

jueves, 19 de noviembre de 2020
Wolfgang Amadè Mozart: Betulia liberata, oratorio en dos partes con libreto de Pietro Metastasio (1771). Teresa Iervolino (Giuditta), Sandrine Piau (Amital), Pablo Bemsch (Ozia), Nahuel Di Pierro (Achio), Amanda Fosythe (Cabri y Carmi). Accentus. Les Talents Lyriques. Christophe Rousset, director. Dos CD (DDD) de 131 minutos de duración. Grabado en la Seine Musicale de Boulogne-BIllancourt (Francia) en junio de 2019. APARTÉ AP235.

Mozart siempre es Mozart, también en las obras de juventud más desconocidas, como esta Betulia liberata, único oratorio que compuso. De su trayectoria vital resulta evidente que no le interesaban ni la Iglesia ni la Historia Sagrada, sino la vida real y los personajes de carne y hueso, los que subió al escenario en obras con personajes memorables como los que jalonan la Trilogía Da Ponte, y que encontramos desde sus inicios. ¿Quién no se ha sentido alguna vez emocionado por la inmensa humanidad de los protagonistas que dan título a Mitridate, re di Ponto o Idomeneo, re di Creta?

Precisamente, este oratorio se escribió entre el desgraciado Mitridates y el repulsivo Lucio Silla. Así pues, nos encontramos con una obra de juventud, escrita por un adolescente, con los parámetros barrocos aún vigentes: arias da capo y recitativos. Pero, al igual que ocurría con las óperas estrenadas en Milán, el adolescente es capaz de insuflar vida a un texto que no es el mejor del gran Metastasio, a cuyas obras sacras y profanas otras figuras consagradas en su madurez no fueron capaces de dotar de semejante vitalidad. Pienso en particular en las obras de Caldara, al que las mejores condiciones posibles de grabación –como los recitales de arias de ópera de Jaroussky y Sabadus– no terminan de asentar en el repertorio escénico ni discográfico, a pesar de la fama de que disfrutó en vida. La sola “Prigionier, che fa ritorno” de la protagonista vale más que toda la producción del italiano.

Para conseguir ese resultado, sin embargo, hace falta una batuta como la de Christophe Rousset, que sigue su ciclo de grabaciones referenciales con Aparté –como Les Horaces y Tarare de Salieri, del que se anuncia el mes próximo Armida–. En 1998 ya regaló un Mitridate excelso (Decca) que es de lo más grande de la discografía mozartiana en absoluto. Domina el lenguaje expresivo y los recursos estilísticos como pocos, y el entendimiento con Les Talents Lyriques es absoluto. La paleta de colores de la orquesta es amplia y la interpretación, vivaz desde el sensacional y contrastado acercamiento a la obertura. En la misma línea se sitúa la prestación del coro Accentus, que muestra su versatilidad tras la magistral grabación reciente de Le postillon de Lonjumeau. El reparto también vuela por todo lo alto.

Teresa Iervolino es una gran, grandísima Giuditta. Por una vez no nos encontramos con una viuda de Manasés matronal, sino con una voz joven, de colores oscuros y aterciopelados, sensuales, sin sonidos guturales –pienso en Marjana Mijanovic– y con una capacidad dramática de primer orden, como confirma la sola escucha del recitativo de la muerte de Holofernes (“Lungamente non dura”), pero también para transmitir emociones incluso desde la contención, como en “Prigionier, che fa ritorno”. Además, el dominio de la coloratura es sensacional (“Parto inerme, e non pavento”), pero eso ya se sabía porque es una excelente rossiniana. En definitiva, una interpretación de primer orden.

He seguido de cerca la ya considerable carrera de Sandrine Piau (Ismene en el mítico Mitridate de Rousset que decía antes), una intérprete con una musicalidad impecable, agudos luminosos y buena coloratura, en particular en Handel. En esta ocasión el paso del tiempo se deja notar en particular en los agudos, que suenan algo ácidos, y en la fluidez de la coloratura, un punto más lenta, con trinos poco definidos. Pero sigue siendo incisiva en la bravura de “Quel nocchier che in gran procella” y, sobre todo, despliega una belleza de tono en su plegaria final, “Con troppa rea viltà”, de primera categoría.

El contraste con la voz más ligera de Amanda Forsythe es más que acertado, y aunque realmente sus dos papeles secundarios no se pueden comparar con el protagónico de Amital, está excelente en sus arias, en particular “Quei moti che senti” de Carmi.

También las voces masculinas convencen en sus respectivas partes. Pablo Bemsch despliega una voz brillante y agilidades desenvueltas como Ozia, mientras que Nahuel Di Pierro convence más en la imponente “Terribile d’aspetto” (aunque nadie se acerque al poderío impresionante de Boris Christoff), que en la más lírica “Te solo adoro”.

En todo caso, como siempre ocurre con Rousset, ofrece una Betulia liberada del encorsetamiento del género, sin limitaciones por la estructura, y exaltada por un reparto y una orquesta que la sitúan directamente a la cabeza de la exigua discografía.

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