Novedades bibliográficas

Salón Kitty, el puticlub de la Gestapo

Juan Carlos Tellechea
lunes, 7 de diciembre de 2020
Kittys Salon © 2020 by Berlin Story Verlag Kittys Salon © 2020 by Berlin Story Verlag
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A no ser por la discreción que procuraban mantener a toda costa sus clientes, uno podría decir que el lugar ideal para encontrar a encumbrados personajes del nazismo y del fascismo, como el siniestro y tristemente célebre conde Galeazzo Ciano, era el burdel de lujo de la calle Giesebrecht al número 11 (en el distrito berlinés de Charlottenburgo), más conocido en su época como el Salón Kitty, disimulado bajo el sencillo e inocente nombre de Pensión Schmidt.

Tras cinco años de recopilar datos, los investigadorres Julia Schrammel y Urs Brunner escribieron un libro, titulado Kittys Salon (El salón de Kitty)*, de la editorial Berlin Story , sobre la turbulenta historia de esta casa de tolerancia que habría servido como perfecto centro del espionaje de la Gestapo.

La policía secreta nazi mantenía en el sótano del inmueble, una central de escucha de las conversaciones más íntimas de sus visitantes. El lugar sigue intacto hasta hoy, nunca fue remozado; solo desaparecieron los cables, los micrófonos y las instalaciones pertinentes.

Plano del Salon Kitty. © Dominio público / Julia Schrammel.Plano del Salon Kitty. © Dominio público / Julia Schrammel.

El lupanar, de 500 metros cuadrados que funcionó a partir de 1939, era regenteado por una tal Käthe Kitty Schmidt, nacida en una familia de comerciantes de Hamburgo en 1882, experimentada madama, muy educada, amable y servicial que había tenido primero un local similar en la Budapester Strasse número 27 (cerrado por las autoridades por la venta ilegal de bebidas alcohólicas) y a continuación otro en el bulevar Kurfürstendamm al 63.

Kitty había viajado en su juventud a Gran Bretaña para trabajar como profesora de piano. En ese país tuvo una hija natural, Kathleen, nacida en 1906 en Cardiff. En Gales o en Inglaterra contraería matrimonio con un gran amor suyo, el viceconsul español Jorge Zammit y Romero, quien se suicidaría poco después.

Elsa Schmidt (a) "Katty". © 2020 by Julia Schrammel.Elsa Schmidt (a) "Katty". © 2020 by Julia Schrammel.

En las guías telefónicas de Berlín , la propietaria del local figuraba con diversos nombres que cambiaba constante y sucesivamente: a veces era Käthe Schmidt, otras Kitty Zammit o Kathi Zammit-Schmidt o Käthe Zammit, luego nuevamente como Kitty Zammit, y en 1941 solo con el nombre de su hija Kathleen, quien siguió el negocio más allá de 1954, cuando falleció su madre.

Por supuesto, no había ninguna indicación de la naturaleza del local: oficialmente la prostitución era perseguida en el Tercer Reich; verbigracia, en 1934 el Ministro del Interior del Reich, Wilhelm Frick, prohibió el establecimiento de burdeles. Se registraban los establecimientos existentes y se acosaba a su mano de obra femenina como antisocial, con todas las drásticas consecuencias jurídico-penales que ello suponía (campos de trabajo forzado o de concentración).

Ciertamente, ese no debió haber sido el caso de las damas de Kitty. El burdel se comercializaba como una pensión familiar. Sus dependencias tuvieron que mudarse desde el tercer piso, donde se encontraban, a la planta baja cuando los británicos comenzaron con los bombardeos a ese distrito de Berlín entre marzo y agosto de 1943 durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945). Una bomba llegó a destruir parte de los niveles superiores del edificio de cuatro plantas. Al parecer, según relatos posteriores, Käthe Schmidt llegó a invertir dinero de su fortuna personal para mantener en orden el edificio.

La trágica figura de Ciano, ministro de Relaciones Exteriores de la Italia fascista y yerno de Benito Mussolini, era uno de los huéspedes más apreciados del Salón Kitty que ocupaba todo el tercer piso de la Giesebrechtstrasse. Las chicas se alegraban mucho cada vez que venía a Berlín, porque era un personaje que animaba la pensión.

Ciano visitaba el cuartel general de Adolf Hitler o se entrevistaba con el ministro de Relaciones Exteriores, Joachim von Ribbentrop, o con Hermann Göring, fundador de la Gestapo y comandante en jefe de la Luftwaffe, entre otros, pero también acudía casi siempre con su séquito a los cines del cercano bulevar Kurfürstendamm o de la Giesebrechtstrasse (uno de ellos, Die Kurbel, La manivela, ya desaparecido), donde se proyectaban los nuevos filmes de la UFA.

Ese era uno de los momentos en que el conde italiano aprovechaba para escaparse solo a disfrutar de los maravillosos encantos de aquellas seductoras y experimentadas prostitutas durante el tiempo que duraba la proyección de las cintas. Los diarios de Ciano, salvados de la destrucción por su esposa, Edda Mussolini, (el régimen hitleriano, lógicamente, quería apoderarse de ellos), y publicados en Suiza, desvelan muchos detalles de sus encuentros con aquellos personajes del nazismo y del fascismo en Europa, aunque, por supuesto, muy poco de su vida privada e íntima, y menos aún de sus aventurillas berlinesas.

No hay imágenes reales de la época del Salón Kitty, pero sí de un filme documental (2004) del realizador Claus Räfle , así como de un largometraje (1975/1976), con Helmut Berger e Ingrid Thulin, del italiano Tinto Brass basado en una novela del ahora longevo Peter Nordenque reconstruyen bastante bien el escenario, si bien esta cinta de ficción exagera un poco en los aspectos referidos a las perversiones que se habrían practicado allí.

Las leyendas y las fantasías sobre el Salón Kitty, situado cerca del cruce con la Sybelstraße y de la Meyerinckplatz, son innumerables y, por supuesto, no todas son ciertas. Hay muchos indicios, pero pocas pruebas, como admiten los autores del libro, la periodista de Salzburgo, Julia Schrammel, y el documentalista suizo Urs Brunner (activo en Tailandia).

El edificio existe todavía, las tareas de la firma administradora son continuadas ahora por una empresa sucesora (los inquilinos se defienden de Google para que no se muestre su fachada en internet que fue ya miles de veces fotografiada) y el rincón en el que está ubicado, detrás del elegante Kurfürstendamm, es uno de los de mayor vida mundana de la capital alemana actual. A poco metros de allí se encuentran las filiales de los grandes y más caros nombres de la moda, entre ellos Chanel, Yves Saint Laurent, Valentino, Louis Vouitton y Hermés.

Los fantasmas de la barbarie nazi siguen pululando hasta hoy en Alemania, 75 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y del régimen genocida de Adolf Hitler (1933 - 1945). Mientras escribía estas líneas el ministro federal alemán del Interior, Horst Seehofer, daba a conocer la proscripción del grupo Wolfsbrigade 44 (la cifra alude a las runas armanen utilizadas por las SS en su emblema), el registro de las viviendas de 13 de sus miembros y la confiscación de armas y explosivos en tres estados, Renania del Norte-Westfalia, Hesse y Mecklemburgo-Pomerania Occidental.

La noble casa de mancebía en la capital del Tercer Reich era tolerada, patrocinada e incluso fue hasta creada probablemente por las autoridades nazis, concretamente por el tenebroso Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Principal de Seguridad del régimen nazi y uno de los arquitectos decisivos del Holocausto. Al menos esto es lo que relataba después de la guerra Walter Schellenberg, jefe de los servicios secretos y de seguridad de Hitler (SS y SD), así como del contraespionaje (RSHA) del Tercer Reich.

Novedades bibliográficas Chanel. Her life

Los altibajos del imperio Chanel son de lo más normal en esta casa, tanto en vida de su emprendedora y genial creadora, Gabrielle Coco Chanel como después de su fallecimiento en 1971.La empresa, propiedad de la acaudalada familia Wertheimer, vive en estos tiempos una crisis más en su historia de 110 años, ahora en medio de la pandemia de coronavirus que afecta a todo el sector de la moda. 

Schellenberg fue el alto jerarca nazi con el que estuvo conectada también Coco Chanel, como hemos visto en junio pasado en la reseña del libro sobre su vida (Chanel, Her Life) escrito por la periodista Justine Picardie. Se dice que los nazis forzaron bajo extorsión a no pocas damas de la alta sociedad berlinesa de aquel entonces para que ejercieran la prostitución en esa casa de lenocinio del barrio de Charlottenburgo.

Algunas versiones no confirmadas fehacientemente, mencionan el caso de una mujer de fe judía que se salvó de ser asesinada en los campos de exterminio nazi refugiándose allí. Lo cierto es que en ese bello distrito vívían (y viven hoy otra vez) muchas familias judías. Los nazis transportaban desde allí a muchas personas de esta confesión religiosa a Auschwitz (a razón de dos trenes diarios) que partían de la cercana estación de Grunewald.

Tumbas de Elsa Schmidt (a) "Katty" y su hija Kathleer Matei. © 2020 by Julia Schrammel.Tumbas de Elsa Schmidt (a) "Katty" y su hija Kathleer Matei. © 2020 by Julia Schrammel.

Käthe Schmidt habría ayudado también a personas de su clientela a huír a los Estados Unidos antes de que cayeran en manos de los esbirros nazis. Ella misma había sopesado la posibilidad de emigrar. De hecho habría amasado una pequeña fortuna que tenía depositada en el Banco de Inglaterra. A Londres había regresado de visita en el decenio de 1930 antes del estallido de la guerra.

Las damas de Kitty, todas ellas cultas, multilingües y educadas probablemente no hubieran tenido muchos problemas para sonsacar secretos de sus clientes, pero no hay pruebas concretas y no parece que lo hubieran conseguido efectivamente, afirman Schrammel y Brunner. Las escuchas estaban a cargo de dos oficiales de la Gestapo. Si hubo grabaciones en discos de pasta de las conversaciones, éstas ya desaparecieron. De todas formas y más allá de lo espectacular, la historia del Salón Kitty (alias Pensión familiar Schmidt), proporciona una visión profunda de los rincones más bien escondidos del estado nazi.

Después de todo, no hay duda de que el Salón Kitty existió realmente y de que gozó del más alto nivel de protección, aunque solo haya sido una excepción bajo el régimen en el que las prostitutas enfrentaron represalias masivas tras el ascenso al poder de Hitler en 1933. Además de la actitud crítica hacia sus fuentes, el libro se caracteriza por el hecho de que no solo describe el burdel, sino también los niveles relevantes de la sociedad que lo rodeaban, ya sea en los capítulos dedicados a Prostitución y sexo en el Tercer Reich o Espionaje y desconfianza al servicio del Führer. Pese a todas las interrogantes sin respuesta, dudas e imponderables, se trata de una obra emocionante y bien investigada de la historia contemporánea y de Berlín.

Heydrich debe de ser muy estúpido si cree que no sé de sus caballeros en la habitación de al lado. Los micrófonos no debería esconderlos directamente bajo las almohadas, se dice que le dijo una vez el conde Ciano a su intérprete, el diplomático y agente secreto de las SS Eugen Dollmann, lo que muestra ya uno de los principales problemas de toda investigación histórica seria que quiera practicarse sobre el lupanar del tercer piso de la Giesebrechtstrasse.

Al final, Ciano -de quien la Gestapo siempre desconfió mucho, más aún cuando había propuesto ante el Gran Consejo Fascista destituir a Mussolini y que Italia firmara una paz por separado con los Aliados- sería condenado a muerte por alta traición y colaboración con el enemigo (incluso bajo la presión de Alemania), y ejecutado por un pelotón de fusilamiento italiano en Verona en 1944.

Otro de los clientes más conspicuos del burdel, se dice, era nada menos que el ministro de Instrucción Pública y Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, quien gustaba mucho de los números de lesbianismo de las chicas del Salón Kitty; así como el general de las SS Josef Sepp Dietrich que disfrutaba, al parecer, de las orgías nocturnas con 20 o más mujeres del prostíbulo.

En 1954 Kathleen se hizo cargo del apartamento de la calle Giesebrecht y lo transformó en una pensión de artistas, conocida además por su habitación para parejas. Los clientes pagaban en los buenos tiempos del “milagro alemán“ la friolera de entre 150 y 200 marcos (mucho dinero en ese entonces) por su utilización. La hija de Kitty tenía hasta cinco mujeres jóvenes a mano para el caso de que sus huéspedes masculinos quisieran satisfacer urgentemente sus necesidades sexuales. Este modelo de negocio continuó hasta finales de la década de 1970. El alojamiento, conocido después como Pensión Florian se cerró en 1992, pero la prostitución callejera seguía en el Kurfürstendamm hasta la caída del Muro de Berlín y más allá aún.

Schrammel y Brunner no encontraron ninguna evidencia sólida más de los mitos, de por sí novelescos, que rodean al burdel nazi. Un testigo contemporáneo les dijo en una entrevista que los largos cables y extraños enchufes empotrados en las paredes fueron retirados del apartamento en el tercer piso durante las obras de renovación en la década de 1960. Pero aunque en ese momento ya se conocían las especulaciones sobre el Salón Kitty, y las pruebas, de existir, habrían sido bien pagadas, ninguna de ellas se salvó aparentemente de la destrucción por el conflicto bélico y el paso del tiempo. Sin embargo, las investigaciones de los dos periodistas continúan sobre nuevas pistas, no se han detenido aquí, declara Schrammel a mundoclasico.com, y es muy probable que en un futuro no muy lejano reseñemos un capítulo más de esta enigmática historia.

Los autores de Kittys Salon:

Julia Schrammel es periodista. Estudió ciencias de la comunicación en Salzburgo (Austria). El tema de su tesis doctoral fue La censura de los medios bajo Pinochet y Videla. Trabajó en radio, televisión y para el departamento de prensa del gobierno austríaco.

Urs Brunner, nacido en Zúrich/Suiza, es empresario y periodista independiente. Estudió historia, literatura y ciencias políticas en la Universidad de Zúrich. En 2008 fundó una compañía de desarrollo y producción cinematográfica de nombre Angel & Bear Productions Ltd. (con sede en Bangkok - Pattaya/Tailandia y filiales en Los Ángeles y Londres).

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