Un pequeño milagro. El estreno local de una obra maestra del barroco. Parece mentira, pero el francés tiene aquí menos seguidores que el italiano, alemán o inglés. Y la sala, bastante llena, se caracterizaba porque algunas parejas de mediana edad (o más) que dormitaron pacientemente en la primera parte y emprendieron la fuga en la segunda fueron notablemente compensadas por la presencia de jóvenes (algunos bastante alternativos) que expresaron de la manera que suelen su júbilo. Cosa que a los artistas les hizo muy bien, sobre todo al terminar el espectáculo reloj en mano, y con algún corte oportuno practicado.
Si Rameau empezó tarde a escribir música para el teatro nadie lo advierte. Probablemente, de las óperas que yo conozco razonablemente, ésta sea la mejor en todos los sentidos. Y también la más perversa. La historia de una burla (se…
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