España - Galicia

Tres oberturas para un cierre

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 3 de junio de 2021
Pacho Flores © 2019 by Auditorio de Galicia Pacho Flores © 2019 by Auditorio de Galicia
Santiago de Compostela, jueves, 27 de mayo de 2021. Auditorio de Galicia. Pacho Flores, trompeta. Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Christian Lindberg: Caballos mágicos (Concierto para trompeta y orquesta); Antonín Dvořák: Obertura “Otelo” op. 93, Obertura “En el Reino de la Naturaleza” op. 91; Obertura “Carnaval” op. 92
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Quiero pensar que las tres oberturas que la Real Filharmonía de Galicia ha escogido como final de curso simbolizan la esperanza en un futuro precisamente con eso, con aperturas. Esta temporada ha sido de locos: primero conciertos con aforo mínimo, después cierre total, vuelta al aforo mínimo, luego cierres perimetrales locales y comarcales, incremento progresivo del aforo… y mientras tanto transmisiones de los conciertos por internet, a la vez que se cruzaban los dedos para que tal o cual artista pudiese llegar a tiempo. Por lo tanto, es el momento de dar otra vez las gracias a todos los que –a uno y otro lado del escenario- han hecho de cada jueves un pequeño milagro.

Y también a Pacho Flores, que ya es como de la familia, por haber querido dar aquí el estreno mundial de la última obra escrita para él: Caballos mágicos del sueco Christian Lindberg (Danderyd, 1958). Poco importa que la firma valenciana Stomvi fabrique instrumentos exclusivos para Flores –cuatro se trajo esta vez-, y que Lindberg haya compuesto una pieza endemoniadamente difícil de tocar: tras haberle escuchado siempre que ha venido a Santiago, todavía no me explico cómo es capaz de dar esas cataratas de notas, de darlas en los registros más extremos, y de darlas –aparentemente- sin respirar.

Pero lo mejor es que Lindberg reserva las complicaciones para el solista, y alguna que otra también para la orquesta, mientras al público se lo pone fácil. Caballos mágicos es de esas obras que se escuchan con tanto agrado que resulta inevitable que a uno se le vayan los pies intentando seguir un ritmo de base ternaria (todos tenemos en la cabeza el sonido de un caballo al galope), que sin embargo está lleno de síncopas e irregularidades (los caballos galopan en seis por ocho, pero con cuatro patas). Añádase el empleo de un lenguaje al alcance de la mayoría, una orquestación sencilla y limpísima, y una percusión constante pero no invasiva (Alejandro Sanz anduvo pluriempleado con diversos instrumentos, desde una marimba hasta un “Charles” con el que se batió en duelo ante Flores).

De manera que lo de menos es intentar averiguar en qué momento Lindberg está representando a cada una de las razas equinas que dan título a los seis movimientos de la pieza. Lo de más es dejarse llevar por unos sonidos bien embridados que en ningún momento se desbocan (me gustó especialmente el momento de calma confiado a una trompeta baja que, escuchada a ciegas, suena igual que un trombón –no se olvide que Lindberg es trombonista-). El público demostró con toda evidencia que se lo había pasado cañón, y Flores y la orquesta no se hicieron de rogar para agradecer los aplausos con el Revirado de Piazzolla: cualquier excusa es buena para recordar a don Astor –con y sin centenario-, aunque el sonido de la trompeta no me case del todo con su música (pero eso es una manía personal).


La cosa no fue tan bien con la trilogía de Dvořák. Por de pronto, no me pareció buena idea abrir el concierto con Otelo y dejar las otras dos oberturas para después del estreno de Lindberg: las tres deben tocarse sin solución de continuidad, porque no dejan de ser un poema sinfónico en tres partes. Aunque eso es una cuestión menor: lo mollar fue que Daniel y la Real Filharmonía dieron una interpretación bastante plana en lo conceptual y no siempre limpia en lo ejecutivo. Y no sería por falta de convicción –al maestro inglés le gusta este repertorio-, sino seguramente de ensayos. El caso es que faltó drama en Otelo, respiración en la Naturaleza, y desenfreno en el Carnaval. Daniel hace bien en medir las proporciones de la orquesta, y siempre procura que el metal no tape la cuerda, pero esta vez no supo darle a éstos la flexibilidad checa para doblar las esquinas, ni a aquéllos un poco más de rienda suelta para explayarse cuando era necesario.

Qué se le va a hacer. En este caso mi aplauso fue de agradecimiento por habernos regalado buena música en el año del mal bicho; y de ánimo para seguir haciéndolo en el curso número veintiséis.

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