La frase
es la última de uno de los poemas ‘no sacros’ que cantan los solistas
masculinos mientras el coro entona el ‘requiescant in pace’ para poner punto
final a la monumental y magnífica obra de Britten, que ahora se ha visto en el
Liceu escenificada. Me permito repetirme de la anterior reseña sobre el mismo
título publicada aquí mismo porque sigue siendo una obra desdichadamente no del
todo bien conocida aunque sí apreciada en lo mucho que vale.
“[…] el
gran Benjamin Britten había aprovechado la oportunidad de la reapertura en 1962
de la catedral de Coventry bombardeada a finales de la segunda guerra para una
original obra de tolerancia y pacifismo […], que debían cantar un inglés -su
‘long time companion’ Peter Pears-, un alemán –nada menos que un Fischer
Dieskau- quienes cantarían los textos ingleses antibélicos de Wilfred…
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