Quizá llovía. Mientras la música entretejía los sueños que hilvanaban las adolescentes manos de un catalán, el humo perfilaba las voces entre botellas, cigarros y pocillos que agotaban la madrugada en ese café barcelonés de 1893. Un espectador ocasional aplaudió entusiasmado su arte. Lo invitó a compartir su mesa. Después de parpadear una ginebra, el hombre apretó la esperanza del muchacho y le entregó una esquela dirigida al conde de Morphy, consejero de la reina María Cristina, para que apoyara al joven. Firmaba Isaac Albéniz.De modo que al año siguiente, Pablo Casals llegaba a Madrid y conquistaba la admiración de toda la Corte. Pau -como le gustaba que lo llamaran- había visto la luz el 29 de diciembre de 1876 en Vendrell (España). Su padre era el organista del pueblo, pero quería que su hijo fuera carpintero, porque era consciente…
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