Treviño es un director muy interesado en la música de Shostakovich. Le recuerdo algunas interpretaciones francamente interesantes de varias de sus obras, pero quizá con esta Décima hayan quedado patentes como nunca el conocimiento, la intimidad y honestidad y la solvencia con las que dirige las creaciones del gran petersburgués. En bastantes momentos de la sinfonía la música adquiría una dimensión física, como un gran peso en las manos; alcanzaba una categoría de objeto, cuyo contacto al mismo tiempo nos esclaviza y nos libera.
Esta dicotomía musical, esta quiebra colosal e insalvable entre la desesperanza y el anhelo es, en mi opinión, la esencia de la Décima, y Treviño la propuso al público no como un discurso, no como una versión, sino como la invitación a participar en la construcción de la escucha. Tanto faltaba el aire como nos…
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