Muchos hemos admirado a Bárbara Hannigan como una excelente soprano de descomunal presencia escénica en obras como Lulu, Wozzeck, Written on skin o Die Soldaten. Pero sus ambiciones de hacerlo todo resultan menos convincentes, según lo demostró en su reciente show al frente de la Sinfónica de Londres.
La velada comenzó con Hannigan dirigiendo una versión de Methamorphosen, que ella comandó con movimientos que tuvieron la ampulosidad de un ballet, con brazos entregados a una coreografía intensa pero superficial, con manos de flexibilidad asistida por un exagerado quiebro de muñeca. Y no hubo casi diferencia entre el brazo derecho y el izquierdo que se movieron en fastidiosa simetría, mientras la directora combinaba todo este movimiento con constantes miradas a la partitura sobre su atril. Poca diferenciación hubo a lo largo de este…
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