Inaugurando un ciclo de tres óperas barrocas en forma de
concierto (muy seguidas; no sé si es buena idea -ni yo mismo sé si podré
asistir a todas) se presentó en el recinto del Palau el que todavía, pese a la
creciente presencia (por suerte) de Haendel en la programación habitual de los
teatros, sigue siendo su título más conocido. Me sorprendió por eso que el
Palau estuviera a medias lleno. A saber qué ocurrirá con los dos títulos
próximos, que son de Purcell, y no Dido
and Aeneas.
La versión tuvo muy buen nivel, en algunos momentos
sobresalientes. Por empezar, el conjunto sonó muy bien y muy vital, como lo es
la batuta de su director, que en su entusiasmo parece dirigir también con los
pies de tanto que golpea la tarima. Suprimidos los roles comprimarios de Nireno
(o la menos frecuente Nerina) y Curio, el resto fue integralísimo,…
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