Me
conmueve hondamente la noticia de la despedida de tan buena y excepcional
artista y amiga: Amistad cálida de muchos años, y como hermanada desde épocas
inolvidables en el Conservatorio de Madrid, el vetusto caserón de la calle San
Bernardo, enfrente de la entonces Universidad Central, donde un jovencísimo
Federico Sopeña recalcaba aquella cercanía y necesidad de integración efectiva.
Aquel Madrid -Teresa era tan irredluctiblemente madrileña- y su barrio de
freidurías estudiantiles y “modernos” salones de futbolín donde calentábamos
las manos los alumnos de piano hasta quedar libre alguno de aquellos
instrumentos (espantosos) que había en el sótano del edificio.
Nuestro Conservatorio era
un centro especial cuyo lujo era el antiguo Salón de Baile del palacio de los
Bauer, de los que nadie nos hablaba cuando subíamos por aquella…
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