El 24 de junio de 1966
antes de ir a mi primera Gioconda en
el Colón de Buenos Aires, pasé por el sanatorio donde estaba internado mi padre
recuperándose de un postoperatorio aparentemente sin mayores problemas. Murió
una hora después de mi llegada y La
Gioconda quedó postergada, detrás del primer gran telón negro que cayó
sobre mi vida, durante exactamente 56
años (menos un día). Sólo ayer me crucé por primera vez como espectador con la
ópera de Ponchielli. “Imposible tomarla en serio” me había anticipado papá días
antes de irse y sólo hoy puedo responderle: “No alcanzamos a hablar de la Gioconda pero, ¡qué razón tenías!”
De cualquier manera, la
decisión de la Grange Park Opera de
presentar este truculento operón en su festival de verano es típica del
desafiante entusiasmo con esta empresa construyó un teatro en menos de un año
en uno de…
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