La Filarmónica Checa, tras la retirada de Neumann en 1990 y los posteriores años de tambaleo en busca de un buen titular, parece haber encontrado en la figura de Vladimir Ashkenazy al director estable y carismático tan característico de su trayectoria. Ashkenazy, quien asumió la titularidad en 1998, se enfrenta no sólo a la obligación de mantener la alta calidad de la orquesta, sino también a algo aun más difícil: al reto de saber prolongar una tradición interpretativa que a través de Neumann (1969-1990), Ancerl (1950-1968), Kubelik (1941-1948) y Talich (1919-1941) se remonta directamente al prodigioso Oskar Nedball y a aquellos 74 alumnos de Sevcik que en 1904 tocaron en Praga, al unísono, el Moto perpetuo de Paganini.Para hacer realidad estos propósitos, Ashkenazy puede beneficiarse de dos características que hacen de la Ceska una…
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