Discos

Agni Kunda

Quinito López Mourelle
jueves, 22 de diciembre de 2022
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Agni Kunda. Isil Bengi: piano. Obras de: Mili Balakirev, Berceuse. Enrique Granados, Goyescas: V, El Amor y la Muerte. Clara Schumann, Scherzo, Op. 14: No. 2. Marko Tajcevic, Variaciones sobre un tema en do menor. Nicolai Medtner, Cuentos de hadas op.20. Claude Debussy, Préludes, Premier Livre, L. 117: No. 7. Alexander Scriabin, Feuillet d'Album, Op. 45: No. 1. Fecha de grabación: Agosto 2022. Sello discográfico: Insolite Records
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En las notas que acompañan Agni Kunda, el tercer álbum firmado por Isil Bengi y presentado en concierto el pasado uno de diciembre en Zúrich, la pianista reconoce haber comenzado este proyecto sin perseguir un concepto determinado. 

Sin embargo, cuando uno escucha la grabación completa sin haber leído previamente las mencionadas notas percibe, en cambio, una intención muy marcada, tanto en la elección del repertorio como en su abordaje. 

Bien es cierto que la pieza de arranque, Berceuse de Balakirev, nos regala una página realmente dulce entre las que se cosecharon en las postrimerías del siglo XIX y el cambio de centuria, pero el oyente pronto caerá en la cuenta de que esa afabilidad tan sólo es un amable umbral para adentrarnos en el verdadero corpus de la grabación. 

El amor y la muerte (de las Goyescas de Granados) bien podría servir como título genérico de todo cuanto respira Agni Kunda; pues no se trata de otra cosa que de verdadera pasión -quizá una pasión de otra época, como la de aquella Franziska de la novela homónima de Ernst Weiss- la denodada entrega con la que Bengi se ha despachado a gusto en el que parece un autoimpuesto tour de force. 

Resulta edificante comprobar aquí cómo, sin olvidar los matices, guiños y dinámicas que eran la seña de identidad de su anterior grabación Terre de Jou, la pianista se ve obligada a imprimir ahora un ataque de gran intensidad, con fuerza desarbolada en ocasiones y, huelga decirlo, de gran exigencia tanto técnica como física. No me refiero, sin embargo, a un virtuosismo huero, sino, muy al contrario, a una excelencia en la que el compromiso del instrumentista se alza incluso por encima de la grandeza de las composiciones. 

Destacan entre éstas, como ejemplo de obras poco interpretadas que es preciso desempolvar, las Variaciones sobre un tema en do menor del compositor serbio Marko Tajcevic quien, recogiendo la tradición del género, despliega una apabullante muestra de ejercicios de estilo, fluctuando desde el enfoque más intelectual y ceñido a la armonía del tema (un apunte escueto de 24 segundos que recuerda al Mussorgsky más tenebroso) hasta desarrollos más alejados en los que brotan la apertura armónica y nuevas posibilidades temáticas (la variación XVI es un claro ejemplo). 

En una visión más orgánica, más a la Rachmaninov -cuyos Etudes Tableaux también sobrevuelan de algún modo todo este repertorio-, dos piezas de Nikolai Medtner son también testimonio de una época en la que el lenguaje pianístico encontró en su paroxismo nuevas vías para oxigenar el Romanticismo antes de asistir a su verdadera defunción. 

Algo tiene Agni Kunda, en líneas generales, de ese último estertor del Romanticismo cuyo germen ya está presente en la citada obra de Granados, en el Scherzo nº 2 de Clara Schumann, más inclinado a la tormenta que al espíritu lúdico de un scherzo, e incluso en el segundo tema de la Berceuse de Balakirev -supuestamente una traslación musical de la pesadilla de la que debe reponerse la niña a la que está dedicada la composición-. 

Todavía de mayor crudeza resulta el preludio escogido de Debussy que, a pesar de la consabida intención programática de describir los estragos de una tormenta, no deja de impresionarnos como pieza de inusitado vigor y carácter tornadizo.

Uno se plantea, en definitiva, cuando sólo le resta por escuchar la última pieza, si el tour de force de Isil Bengi no es tanto técnico -tratándose de una pianista sobradamente dotada- sino emocional: la fusión del intérprete con ese éxtasis romántico que sólo entiende de la dicotomía entre el amor y la muerte, que sólo entiende, en mayúsculas, de la pasión. Quizá ser un pianista de verdad consista en apostarlo todo a esa carta. 

Pero entonces llega la última pieza, de Alexander Scriabin, y ésta, en manos de Isil Bengi, posee la magia suficiente para desmontar con un leve soplido el magnífico, el arraigadísimo árbol, y hacernos creer que nada anterior ha existido. En esa Feuillet d’album de sus 3 Morceaux op. 45 es donde uno quisiera morirse. ¿Qué hubiese compuesto el ruso, qué nuevos cosmos hubiese hollado, si los dioses le hubiesen concedido el favor de una vida más longeva? Esa incertidumbre no se disipa con la brevedad y el preciosismo inefable con el que concluye ese micro poema extraterrenal, sino que permanece como su música, encarnada aquí sobre las teclas con altura digna de su creador. 

Consultando otra interpretación de un renombrado compatriota de Scriabin compruebo que éste se ha ahorrado 24 segundos respecto a la grabación que reseñamos ahora, y creo que esa distancia insalvable no radica ya en la manera en que puede entenderse un andante piacevole, en la manera de caminar que uno pueda tener, sino en poder habitar por un momento, del todo impreciso, el espacio creado por Scriabin y allí desanudar el tiempo. Muy pocos pueden hacerlo.

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