El amor puede revestir muchas formas, cierto.
El que Dudamel nos contó en el preludio del Tristán e Isolda el domingo
pasado (29 de enero), fue un amor de esos que comienzan como una pregunta, como
la extrañeza de encontrar a la persona amada; un amor que se va desarrollando
en nosotros lentamente, dulcemente, surcándonos como los ríos, hinchándose
insensiblemente, creciendo su caudal hasta convertirse en esa corriente a la
que no podemos sustraernos, que nos inunda, que todo lo arrasa a su paso ... Sí,
la suavidad de las cuerdas de la Ópera de París en ese ‘Preludio’ es de las que
difícilmente se olvidan...
Dudamel mantuvo esa suavidad durante toda la
representación del domingo 29, combinándola con mucha, mucha intensidad, sin
dejar que decayera la tensión. Y controlando en todo el momento el volumen, que
sólo ‘se desbocaba’ en momentos…
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