El concierto de ambos cantantes se hizo con piano, muy bien ejecutado por James Baillieu,
quien demostró su valía no sólo en el lied, aunque intentó quizá convertir en
demasiado ‘clásica’ la canción italiana. Sería natural extrañar la orquesta en
Wagner o Chaicovsky, pero curiosamente su falta se hizo muy palpable, por
ejemplo, en los fragmentos verdianos y en particular en los de Un ballo in
maschera.
La aparición de
Davidsen, muy elegante (un vestido para cada parte, como es ahora costumbre),
dicharachera y cómoda (parecía estar realmente contenta y sentirse como en
casa) fue saludada con una ovación que se repitió, en menor medida, cada vez
que volvía al escenario, y al final se convirtió en una aclamación colectiva.
Justificada.
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