El tiempo no vuelve atrás, pero hay momentos mágicos que quedan como suspendidos, en un ayer recentísimo y siempre actual. Uno de esos fue el maravilloso regalo de despedida que en 1966 ofreció el inmenso Hans Hotter al público argentino en el Teatro Colón, y no fue con ninguna de sus justamente aplaudidas e imborrables creaciones escénicas. Fue con el Viaje de invierno de Schubert (como se sabe, una de sus interpretaciones más memorables en absoluto). A un muchacho de veinte años que por entonces escuchaba el ciclo por primera vez en vivo lo dejó boquiabierto más que nunca, no ya por la voz (uno era tan ingenuo que creía que esas voces existirían siempre), sino por lo que le dejó atisbar de la música, de Schubert, y de la vida en general. Es, ciertamente, difícil o inútil 'elegir' un lied o un ciclo del eternamente joven -y viejo y…
Comentarios