Un estreno mundial de una ópera en estos días es algo importante y más bien raro. Un espectáculo magníficamente servido por Achim Freyer, en su para mí hasta ahora único trabajo convincente de puesta en escena, nada abigarrado pero capaz de animar un texto antidramático (incluso sin acción “interior”, para entendernos) que narra alternativamente la historia de un viejo marinero que detiene a los invitados a una boda para contarles el viaje que cambió su vida y los momentos fundamentales del propio viaje. Con las luces, los diferentes colores de los vestidos y pocos pero eficaces elementos de atrezzo Freyer consigue casi siempre mantener un interés que en las dos horas y diez de los dos actos (con intervalo) tiene abundantes altibajos.
Verdi pensaba que en un tiempo razonable sus óperas no se representarían casi. Y se equivocó. Me gustaría…
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