Las partituras de alquiler ocultan en su interior breves retazos de vidas anónimas. Además de "esas garrapatitas que vemos en los hilos telegráficos de la música" como Azorín describió a las notas, contienen indicaciones escritas a lápiz o a pluma de casi todos los músicos que recuperaron los latidos de su corazón de tinta durante un breve espacio de tiempo. El variado estilo caligráfico de estas inscripciones manuales, algunas tan costosas de descifrar como los jeroglíficos de las pirámides egipcias, convierte a estos monumentos de la música en auténticos yacimientos arqueológicos a la altura de las diversas Troyas descubiertas por un loco con razón llamado Schliemann a finales del siglo XIX. Así, con un poco de esfuerzo y mucha imaginación, en La Boheme de Puccini uno puede llegar a descubrir desde los restos de la Troya I ( Maurizio,…
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