La condena de Fausto no es exactamente una ópera. Tampoco exactamente un oratorio profano
ni una cantata ni una sinfonía. Es una cosa que Berlioz inventó (el autor la
califica de leyenda), entre ópera, ballet, oratorio, libro de estampas,
sueño, engendro... Engendro fantástico donde la imaginación musical prima ante
todo.
Măcelaru no es un director estrella,
no busca alardear de nada, siempre se pone al servicio de la partitura. No hay
grandes ralentandos, ni «punto de vista personal», no busca el protagonismo
personal. Sostiene a los cantantes y no es tarea fácil tratándose de Berlioz y
de la ONF, que se desboca con facilidad. Y siguiendo la partitura, resulta
sencillamente impresionante en los grandes momentos berliozanos. Poco antes del
final de la obra, cuando Fausto se condena, uno llega a creer que los abismos
se están abriendo…
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