Cuando sólo era un niño, Dios entrenaba su vocación de creador moldeando con ambas manos unos megalitos de piedra que amontonaba con descuido en las esquinas de la nada. Ya de mayor, después de seis días de trabajo como hacedor, y mientras contemplaba su obra en el día de descanso que él mismo se había impuesto, descubrió que a la naturaleza de Cataluña le faltaba un corazón. Era demasiado tarde para crear algo nuevo -Dios no podía contradecirse trabajando en domingo- así que recuperó del espacio, que en eso se había convertido una parte de la nada, las piedras de su impúber pasado estampándolas de un manotazo en el centro de esa tierra. Cuando aprendimos a hablar, los nativos llamamos Montserrat a este divino ensayo infantil de la creación, donde después de siglos de cocción al baño María de la historia, la esencia, el espíritu y demás…
Comentarios