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Este sábado 22 de diciembre se cumple el quinto aniversario de la compositora María Escribano, fallecida en Madrid en el año 2002.
En una entrevista concedida a Mundoclasico.com poco antes de su muerte, Escribano declaraba que "La creación musical es un reto en muchos niveles, a mi me ha dado acceso a una comprensión más profunda del tejido energético de la vida, y sobre todo me da el placer de disfrutar y participar de ella , desde una posición privilegiada."
Nacida en Madrid, el 24 de enero, estudia, en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, Piano con Fernando Puchol, Acompañamiento con Gerardo Gombau, Contrapunto y Fuga con Francisco Calés y Composición con Antón García Abril y Román Alís.
Imagen de María Escribano Por Llorenç Barber (1995) Son los primeros años setenta. España, tras los “encuentros” de Pamplona (1972), se apresta para una larga e incierta transición de muchas cosas, transición que a María, como a tantos jóvenes de su generación, se le antoja lentísima y siempre incompleta. Mientas, el mundo estético-musical vive aquí un larguísimo desencanto.
Las ya exvanguardias, pegadas a un expresionismo abstracto, hijo lejano del dodecafonismo, sufren un proceso de descrédito o desinterés por parte del publico que, cansado, mira a otro lado y oye otras cosas. Cansancio que preludia la muy light movida que se acerca. Así, mientras la generación de los mayores puja por ocupar sillones de la Academia –codo con codo con los ex retaguardia–, Escribano nace a la Música mediante el arma no siempre certera, pero en este caso nada roma, de la intuición y la ternura.
La música de María sabe sobre todo lo que no quiere: repetir o callar. Por ello, y a falta de mejor paradigma, le nace, fácil e inmediata, una música que vuela a la búsqueda de seducción. En efecto, mucho –quizás demasiado– se ha escrito de la ruptura vanguardista de principio de los sesenta, poco o nada se reflexiona de las siguientes rupturas, las de aquellos que llegados más tarde y con otra sensibilidad se encuentran la casa llena y de una estética que les es tan extraña como antes lo fue para muchos el casticismo neofolclorista.
María Escribano, como bastantes de su generación, tuvo que inventar un escuchador que no existía, una modalidad de atender lo sonoro sin orejeras que tampoco existía, y batirse contra un peso muerto desanimador: el intelectual ahíto de atender una música “nueva” que no atrae, pero también el del compositor instalado y orondo con todos los resortes en sus dedos. Le será urgente formar nuevos “intoxicados” por lo distinto, y no desde la desmesura y altivez de las grandes afirmaciones “vanguardistas”, sino desde la sencillez de una escucha amable, mesurada y limpia de “tics”. Propósito que en sus manos cobra, puede cobrar, la virtud –virtud-fuerza– de crear una insospechada adicción, felizmente incurable. Seducir, enternecer –decíamos– es la religiato a procurar. Y esa búsqueda no tendrá límites ni descanso.
Ello le llevará a los fundamentales circunloquios del teatro, la improvisación (sobre todo la voz, pero también el piano), la creación colectiva (con el Roy Hart Theatre), la narración oral, la pedagogía y un largo y fecundo etcétera que no cesa. Y en todos estos vericuetos María será músico total que vuelve una y otra vez a la pauta, a la composición, eso sí, más segura y enriquecida. Pero ¿cómo es la música de María Escribano?
Para comenzar diré que hay músicas que siembran y músicas que cosechan. La de María es cosecha: ni presupone nada ni quiere nada (como si ocurriera con muchos vanguardismos sembrados de mensajes morfológicos, sintácticos y a veces pragmáticos). La Música para María es, y ello basta. Al menos a ella le basta. En efecto, la Música para María es, al decir de los árabes, un océano. Es una música que huye de todo “tono críptico” tanto como del tormento del dolor, aunque eso sí sin llegar al furor antipsicológico de ciertos modernos. Por el contrario, su música parece tocada en ese estado de ánimo poético del que Schiller hablaba a Goethe, y que Wittgenstein describre como “aquel estado de ánimo en el que se es receptor a la naturaleza y en el que los pensamientos parecen tan vivos como la Naturaleza”. Y esa “viveza”, aceptada y querida –provocada–, es la que hace a su música aparecer lejos de los estrechos zapatos de lo formal, e incluso de lo “expresivo”.
María prefiere la asociación, el aura de lo irrepetible, ensoñado (nuestro sueños, ella bien lo sabe, están llenos de baratijas, disfraces y caprichos). La música de María es una música de paisajes, transitiva –mejor transeúnte–, que nos lleva de acá para allá, una sucesión de paisajes que conforma una especie de “rito evanescente” (nada rotundo) que transforma la química del sonido en alquimia progresiva. Música cantabile, y “cantarla” para María es “contarla”: una música que es una suerte de narración embaucadora que nos convierte en cómplices fugaces de su devenir. Un devenir que adquiere sentido mediante su intuición.
Y eso me recuerda aquella reflexión de Wittgenstein: «con respecto a las melodías de diversos compositores puede usarse aquel principio de la contemplación: cada género del árbol es “árbol” en otro sentido». Por ello su método, nada fácil ni desvalazado, puede ser nombrado “intuicionismo inteligente”, un vislumbrar que “guía e ilumina la técnica”, como ella escribe con precisión. Y ese trabajar vislumbrado genera eventos sónicos (melodías, ritmos, etc.) que conforman sumas y repeticiones (a la “II” de Philip Glass) que pronto llevan, desnorteadoras, a otros sitios: resolviendo mediante saltos o arpegios falsamente conclusivos.
Pero no se trata de una música hecha de viejos trozos pegados (cosa que tanto abunda y –lo que es peor– es tenida por “original”), sino de una personal música sensatamente rapsódica que nos da la impresión de que está improvisando ante nosotros, o mejor con nosotros, tal es su fluidez compositiva, su sabiduría y sabor. Sonidos son hechos. Fácilmente se comprenderá que una música así no se deja atrapar por los enfoques analistas, esos contumaces sordos que describen lo que oyen como simple o complejo sucederse de a-b-a, etc. Pues es una música que es camino que lleva de “algo” sin nombre a otro “algo” que tampoco lo tiene.
Contemplación y contacto, pues. ¿Tan difícil es aceptar que la María contadora de cuentos, embaucadora de niños y mayores mediante palabras, miradas y gestos, es exactamente la misma que compone sensuales sonidos embaucándonos también mediante narraciones ficcionales de sonidos en cascada? Música ficta, tusitálica la de María. Y esta música relato, más que de afirmaciones, se conforma de insinuaciones que adquieren el relieve, la calidad tangible de un dibujo del natural, algo que –nunca abstracto ni puro– tiene siempre algo de increíblemente físico y personal.
Una música que no parece en definitiva sino volátil, mutable e imprecisa, y sin embargo ese es su “tono” escogido, equidistante tanto de ciertas técnicas sofisticadas hoy tan en boga (“neocomplejidad” le llaman algunos) como de cualquier tipo de automatismo visceral o suerte de boda antinatura que rememora lejanamente aquella “paranoia crítica” de que hablará Dalí.
El propósito encantador de una música que apoya su intención conmovedora en títulos poético-mágicos la emparenta con la sensibilidad minimal que a casi todos los creadores que crecen en los setenta afecta en distintas medidas. Una especie de minimalismo cálido en el que los sonidos parecen sucederse por sí mismos, como llamados por una inercia caprichosa y amable que hilvana su sonar dibujando mediante procesos de sedimentación líricos un minimalismo, éste en las antípodas del inexorable repetivismo maquinista, y por el contrario preñado de subjetividades livianas que nos resultan familiares por su recurso, o morfologías que nos son cercanas y que en manos de María nos llegan vibrantes hasta el accidente, la picadura o el contagio emocional. Vibración que, lejos del distanciamiento de otras músicas, nos acercan hasta el contacto (“Una música que nos toca, nos toma”, repite la compositora).
Una música en la que la mano artesana de la artista, la “marca María”, su capriccio, nos es amablemente cercana y fácil de aceptar y nos llama a participar –escuchantes– en algo que es también nuestro. Ella lo llama encuentro. Un encuentro que de manera semejante a las concepciones sufíes -tan caras a la autora- es muchas veces “viaje” por el universo-jardín que está en todos nosotros. En efecto, la música de María, implícitamente, conlleva un compromiso de la autora, una vaga aspiración -vía analogía- a curar, a mejorar mediante la escucha. Actitud ésta, compartida con tantos músicos que fueron y son, y que nada tiene que ver con la ironía inútil y distanciadora de tantos posmodernos que, parásitos cultistas, se apropian del cajón de soluciones de la historia para brillar fugaces en el algo cínico hoy compositivo. Yo amo la música hipnótica de María Escribano.
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