Aida es una de las
obras más justamente famosas del repertorio lírico. Su mezcla, tomada de la Grand
Opera francesa, de drama íntimo y de gran página histórica espectacular,
unida al eficaz sentido dramático y al infalible instinto melódico de Verdi,
logran (casi) siempre emocionar. Pero no es fácil emocionar en una sala tan
grande como la parisina sala Bastille (circa 2800 butacas).
El director de orquesta a menudo busca más
llenar de sonido la sala que poner cómodos a los cantantes, mientras que, para
emocionar, hace falta que el director de orquesta los mime mucho, mucho, mucho,
y frene a sus instrumentistas reduciendo la masa sonora. Michele Mariotti, a
pesar de algunos detalles de muy buen gusto, a pesar de una comprensión sincera
de ritmos y melodías, no supo suavizar la masa orquestal ni mimar a los
intérpretes vocales.
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