La Adriana Lecouvreur que ABAO Bilbao Opera llevó al Palacio Euskalduna se percibió como un montaje bien asentado: atractivo a la vista y trabajado con cuidado en lo musical. En coproducción con el Teatro Lirico di Cagliari, la escena de Mario Pontiggia se instaló en una Belle Époque sugerente, de contornos suaves y estética estilizada, y optó por una noción de clasicismo elegante: composición ordenada, gusto por la belleza y una deliberada renuncia a cualquier lectura rupturista.
El problema es que, en una ópera donde el hecho teatral forma parte de la propia estructura del drama, ese planteamiento pudo leerse como falta de imaginación dramatúrgica. La dirección escénica pareció desentenderse de lo microscópico: de ese trabajo fino que hace que una intención vocal se traduzca en un movimiento, en una mirada, en una distancia entre…
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