Es precioso -y no conviene banalizarlo- entrar en un auditorio como el Kursaal y percibir un lleno propio de los grandes acontecimientos. La música clásica conserva todavía cierta capacidad para producir veladas de un nítido y respetable valor industrial. No es un reproche: la clásica es una industria cultural, frágil, y Yuja Wang es una de las intérpretes capaces de activarla plenamente desde una calidad musical indiscutible.
Wang disfruta desde hace años de un enorme poder de convocatoria. En una visita anterior a San Sebastián alguien la definió, sin excesiva exageración, como un show. Es una estrella, una concertista que construye eficaz y conscientemente su propia apoteosis. Fabricar el éxito es una opción; el problema no es el éxito, sino el lugar que ocupa ese logro dentro del propio discurso musical.
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