Francia

Wagner-Liszt: confrontación fallida

Francisco Leonarte
Cosima y Richard Wagner con Liszt
Cosima y Richard Wagner con Liszt © 1880 by W Beckmann / Museo Wagner. Bayreuth
París, viernes, 9 de enero de 2026.
Théâtre des Champs-Élysées. Richard Wagner: Preludio y muerte de Isolda, de Tristán e Isolda; Franz Liszt: Concierto para piano nº1 en mi bemol mayor s 124, Concierto para piano nº2 en la mayor s 125; Richard Wagner: Preludio, música de transformación y encanto del Viernes Santo de Parsifal. Con Bertrand Chamayou (piano). Les Siècles. Dirección musical, Jakob Lehmann
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Sobre el papel la idea es absolutamente seductora. Es bien conocida la relación Wagner-Liszt, primero de apoyo de éste a aquél, después de colegas y amigos, para acabar siendo una relación incluso familiar 1. Pero es también evidente que uno y otro se influyeron recíprocamente. Podía pues ser este concierto una ocasión para verificar el diálogo que a través de sus respectivas obras mantuvieron Liszt y Wagner a lo largo de sus carreras...

El concierto comienza con uno de los fragmentos que más ha influido en la Historia de la Música Occidental, el preludio de Tristán e Isolda, de Wagner, encadenado con el final de la misma ópera, la muerte de amor de Isolda en su versión puramente orquestal. Es de notar en la interpretación de Les Siècles-Leechman la buena gestión de los silencios en las frases iniciales a modo de preguntas, así como la buena gestión del crescendo. Es notable también el equilibrio entre los distintos pupitres, gracias al uso de instrumentos de la época, que parecen conceder un mayor protagonismo del arpa en la muerte de amor. Siempre queda el interrogante de cómo sonaría con la cantante...

La obra siguiente es el Primer concierto para piano de Liszt. Es lástima que después de una obra de plena madurez de Wagner vayamos a una obra de juventud de Liszt, máxime cuando en las mismas notas al programa de sala se habla de la influencia que los poemas sinfónicos de Liszt tuvieron en la orquestación wagneriana. Lo suyo hubiera sido incluir no un concierto de 1830 (aunque estrenado en 1855, el concierto fue sobre todo compuesto en 1830, cuando Wagner tiene apenas 17 añitos y Liszt 19) sino uno de los poemas sinfónicos aludidos. O mejor aún, algún fragmento orquestal de uno de los hermosísimos oratorios lisztianos. Ahí hubiese tenido sentido la confrontación. Como solista, Chamayou toca muy bien, pero aquello suena algo deshilvanado: 

Harina de otro costal es ya, tras el entreacto, el Segundo concierto para piano, mucho más cuajado, con notables novedades en lo que concierne la relación orquesta-solista, o en lo que concierne el desarrollo de los temas o aún en los colores de la orquesta: ahí se entiende mucho mejor la influencia que el húngaro pudo ejercer sobre el alemán. Y cuando la obra es mejor, todo parece más fácil y coherente.

A pesar de que en ocasiones el piano pueda sobrepasar a la orquesta (¿es también de época el piano utilizado por Chamayou?), hay varios momentos de gran poesía en que en efecto el piano se funde con la masa orquestal. Chamayou brilla con un juego de gran precisión, muy nítido y potente. Y brilla el violonchelista, dando intensidad a su tema.

Y por momentos parece escucharse al gran ausente de este dúo, al francés Berlioz que solemos olvidar y que sin embargo también participó en el diálogo a tres de esos visionarios del siglo XIX (por ejemplo, como bien recuerdan las citadas notas al programa, Wagner envió a Berlioz la partitura del preludio de Tristán antes de su ejecución parisina en la sala Ventadour).

Chamayou agradece los aplausos con una Nana escrita por Liszt en el último año de su vida. Toca con naturalidad esta pequeña obra maestra en que ya parecen adivinarse las escrituras pianísticas de Debussy y Ravel, con una inocencia infantil, una sencillez que son también osadía. Una obrita que no parece deberle nada ni a Wagner ni a nadie.

Y termina el concierto con tres fragmentos de Parsifal. Lástima que, de nuevo, falte la parte cantada en el tercer fragmento, el Encanto de Viernes Santo. Es interesante notar cómo la utilización de instrumentos de época cambia de nuevo los equilibrios entre pupitres. Es como volver a una versión más humana  de Wagner 2. Son notables las intervenciones de las trompas y trompetas, bonito el trabajo de la percusión. Y sobre todo el del oboe, con un sonido que sorprende por ser mucho más rústico que el sonido estandarizado al que estamos hoy acostumbrados. En general las maderas, con instrumentos originales, suenan menos potentes y menos refinadas, y por ende más sabrosas, tal un pan de pueblo comparado a una baguette de ciudad.

A pesar de algún pequeño desajuste muy puntual, Lehmann gestiona bien los volúmenes y los ímpetus. Pero a aquello le falta algo. ¿Qué? ¿Teatralidad? ¿Carisma? Digamos que cuanto menos falta sentido. Y es que Wagner escribe para el teatro y en versión de concierto la partitura se transforma en una música sin texto y sin finalidad.

El público aplaude. Incluso aplaude mucho. 

Notas

1. Recordemos que Cosima, hija de Liszt, terminará casándose con Wagner.

2. ¿Y si el mayor problema de Wagner fuera la supuesta ‘tradición wagneriana? ¿Por qué los aficionados a Wagner suelen gustar tánto de las masas orquestales desorbitadas y del sonido avasallante? ¿Y si volviéramos más a la música y olvidáramos un poco el aspecto volumen?...

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