Antoni Ros Marbà © David Maroto | Musiespaña
Querido lector, nos queda un último brindis antes del aniversario real de nuestra amada Real Filharmonía de Galicia, y no podía haber sido otro nuestro invitado que quien dedicó al conjunto doce años de su vida.
El que se volcó en trabajar el sonido de la nueva formación compostelana, recogiendo la batuta del maestro Helmuth —a quien entrevistamos en nuestro primer artículo— y dando continuidad a un camino artístico que ya empezaba a tomar forma: el maestro Antoni .
Nacido en L’Hospitalet de Llobregat en 1937, es una de las figuras clave de la música española contemporánea. Director y compositor, ha desarrollado una larga trayectoria al frente de orquestas y proyectos sinfónicos y operísticos. Con una presencia continuada en los principales escenarios del país y una intensa actividad internacional, ha dirigido formaciones como la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya, la Orquesta Nacional de España y la Orquesta Sinfónica de RTVE, y ha mantenido una colaboración continuada con orquestas europeas de primer nivel. En 1978 fue invitado por Herbert von a dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín, un reconocimiento que sitúa su trayectoria en un contexto internacional de primer orden.
Entre 2001 y 2013 fue director titular de la Real Filharmonía de Galicia, etapa decisiva en la consolidación artística y en la construcción de la identidad sonora del conjunto.
A veces uno descubre que echa algo de menos justo cuando menos lo espera. Llevaba mucho tiempo sin escuchar la voz del maestro Ros Marbà, una presencia constante durante muchos años en nuestras vidas musicales. Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se escuchó en el escenario del Auditorio de Galicia.
Hemos decidido empezar esta conversación desde el presente. Desde el lugar en el que se encuentra hoy. Ros Marbà se define ahora
más como compositor que como director.
Compone mucho, dirige menos. Sigue en contacto activo con la música, sin prisa y sin necesidad de grandes declaraciones. Con una sonrisa juguetona confiesa:
Estudio el piano todos los días: fugas de Bach, Mozart, Mompou. A diario voy analizando obras, tanto obras que he dirigido como otras que nunca he tenido delante de una orquesta.
Sigue dirigiendo, aunque de forma selectiva, en distintos proyectos, entre ellos una colaboración con una camerata en Barcelona, abordando repertorio de Mozart casi como una prolongación natural de su estudio.
Cuando le pregunto por el futuro, no habla de proyectos ni de calendarios. Resume su momento vital con una frase sencilla, casi íntima:
Estoy degustando la inmediatez. La composición ha sido durante muchos años mi asignatura pendiente.
Una asignatura que cristalizó este verano en el estreno, en el Gran Teatre del Liceu y bajo su propia dirección, de su primera ópera, Benjamin at Portbou, culminación de un trabajo desarrollado a lo largo de seis años. Desde ahí, la composición aparece como el lugar donde Ros Marbà concentra hoy su pensamiento musical, articulado a través de un catálogo amplio que incluye, entre otros, réquiem, obras corales, cantatas, cuarteto y ciclos de canciones.
Cuando el Maestro reflexiona sobre la relación entre creación y orquesta, no lo hace desde la lógica del encaje inmediato ni desde una defensa de lo propio, sino desde una mirada amplia y nada dogmática. Parte de lo concreto —la viabilidad real de determinadas obras— para situar enseguida la cuestión en un plano más profundo, el de la salud artística de una orquesta:
Hay obras mías que sí podrían tocarse con la Real Filharmonía de Galicia, por ejemplo, una obra para quinteto de viento con cuerdas o una transcripción orquestal de mi cuarteto de cuerdas, obras más viables hoy a nivel de plantilla.
Pero, más allá de casos concretos, la salud artística de una orquesta pasa por trabajar un repertorio básico y sólido. No como oposición a la música contemporánea, sino como equilibrio.
La música contemporánea siempre estuvo presente en la Real Filharmonía, especialmente como estímulo para los jóvenes, porque forma parte de la responsabilidad institucional de una orquesta, no de un gesto aislado.
En el relato de Ros Marbà, las herencias no aparecen como un listado de maestros, sino como una cadena viva de transmisión.
De Eduard recoge una manera de entender la música como ética del oficio; de Pau , a través de la cercanía humana de su hermano Enric, una continuidad de valores que va más allá del estilo.
Pero es en su encuentro con Sergiu donde ese linaje se convierte en pensamiento: la música entendida como fenómeno, el tiempo como materia esencial del trabajo artístico, la profundidad frente a la prisa del resultado.
Estas enseñanzas no aparecen como ideas abstractas, sino como experiencia vivida — en los ensayos o incluso en Cadaqués, en el contacto directo—. Allí, durante días de convivencia y conversación, la música se pensaba sin prisa, a través de la escucha y del tiempo compartido. En ese contexto recuerda una escena muy concreta: la asistenta de la casa, a la que escuchaba cantar mientras trabajaba. Sin formación ni intención artística, decía Celibidache,
hacía más música —más cercana a la tendencia natural del sonido— que muchos músicos formados.
Ros Marbà conserva otras frases de Celibidache que siguen resonando como advertencias. Algunas toman la forma de imágenes muy concretas, casi físicas:
Una orquesta es como una máquina con muchas ruedas: cada una gira a una velocidad distinta; el trabajo del director es conseguir que todas giren juntas.
Cuando Ros Marbà reflexiona sobre la música, lo hace desde una convicción que atraviesa todo su pensamiento: las grandes obras nunca se alcanzan del todo. Habla de las obras maestras como algo esencialmente inacabable, resistentes a cualquier cierre definitivo. Nunca se llega a un verdadero final, una idea que vale tanto para el repertorio barroco como para la música contemporánea. La interpretación no clausura la obra; siempre queda algo abierto, algo que se resiste a ser poseído por completo.
Desde ahí introduce su manera de entender la fenomenología musical, un término que podría sonar abstracto, pero que él mismo se encarga de despojar de teoría:
Cuando se habla de fenomenología musical parece que estemos hablando de algo muy abstracto, muy teórico, y no es así. No se trata de imponer una idea a la música, sino de encontrarse con su tendencia natural, de dejar que el fenómeno musical se manifieste por sí mismo. Dirigir no es imponer una visión, es escuchar, comprender y acompañar ese proceso. Esa manera de pensar está en mi forma de estudiar, de dirigir y de trabajar con una orquesta.
Desde esa concepción del tiempo y del sonido, Ros Marbà está convencido de que Sergiu Celibidache habría querido dirigir a la Real Filharmonía de Galicia. No hubo ocasión de hablarlo, pero la afinidad no pertenece al terreno de la hipótesis, sino al de las evidencias artísticas.
No es casual que, cuando se le pregunta por el lugar que ocupa la Real Filharmonía de Galicia en su recorrido personal y artístico, responda sin dudar: «Un lugar de honor». Su etapa como titular coincidió con un momento de madurez personal y con la juventud de una orquesta que empezaba a definirse. Ese cruce de etapas —un director maduro y una formación joven— le parecía especialmente fértil, una oportunidad de crecimiento colectivo y compartido.
Al hablar del trabajo artístico, vuelve una y otra vez a la educación de base de los músicos y al tiempo como elemento esencial del proceso:
Siempre me llamó la atención el alcance musical de los intérpretes y la educación de base que tenía la orquesta, especialmente tratándose de una formación joven. Eso se veía con mucha claridad cuando abordábamos el gran repertorio. Una orquesta necesita tiempo: es como un buen vino crianza, que tiene que madurar. La música es un trabajo que no admite atajos.
Ese modo de entender el trabajo orquestal tuvo una consecuencia natural: la proyección exterior de la orquesta, sin perder nunca de vista el desarrollo interno.
Al hablar de aquellos años, Ros Marbà sitúa la etapa de la Real Filharmonía de Galicia en un contexto que hoy solo puede entenderse desde su momento histórico. Fue un tiempo que permitió pensar el trabajo a medio plazo y consolidar la proyección exterior de la orquesta. Él lo expresa con naturalidad, casi sin énfasis:
Había unas condiciones que permitían trabajar con continuidad, pensar a medio plazo y salir fuera con la orquesta. Eso también forma parte del crecimiento artístico.
Recuerda con nitidez las giras y la presencia de la orquesta en distintos escenarios: Barcelona, Madrid, y festivales como Musika Música de Bilbao o el Festival de Piano de La Roque d’Anthéron, en Francia. Evoca también proyectos de mayor envergadura, como las giras por América Latina o la producción de Don Giovanni en Bilbao, que implicó una estancia prolongada y para la que puso una condición clara: que fuera la Real Filharmonía de Galicia la orquesta encargada de llevarla a cabo.
En esos desplazamientos —como los viajes al Concurso Internacional de Piano de Santander, donde él mismo presidía el jurado— veía algo más que visibilidad:
Salir fuera no era solo tocar en otros sitios, era confirmar que la orquesta estaba preparada para responder en cualquier contexto.
Pero esa proyección exterior iba acompañada de algo que para él era igualmente esencial: el estímulo interno. El director catalán concede un valor especial a los conciertos en los que los propios músicos de la orquesta asumían el papel de solistas. No lo plantea como un gesto excepcional, sino como parte natural de la vida orquestal:
Una orquesta sana es aquella en la que los músicos pueden crecer también como individuos, no solo como colectivo.
Conciertos de , , , o interpretados por miembros de la casa, aparecen, así como expresión de una visión no jerárquica de la orquesta, basada en el reconocimiento del talento propio. Un equilibrio entre giras y trabajo cotidiano, entre proyección exterior y desarrollo interno, que Marbà identifica como una de las claves de aquella etapa que hoy recuerda como un tiempo de madurez compartida.
Ros Marbà habla del final de su etapa como director titular de la Real Filharmonía de Galicia sin dramatismo ni cuentas pendientes. Doce años que define como un trabajo colectivo sólido y compartido, y cuyo final entiende como algo natural:
Después de doce años, la orquesta tenía que entrar en otra fase. Son ciclos, y ese ciclo estaba cumplido.
La llegada de no supuso, en sus palabras, una ruptura del vínculo. Tras ese relevo, volvió a la orquesta como director invitado en un par de ocasiones, manteniendo una relación artística que se fue diluyendo con el tiempo.
Menciona también que en su momento se contempló que él pudiera asumir la figura de Director Emérito en la Real Filharmonía de Galicia, una idea que finalmente no llegó a materializarse. Escuchado hoy, suena menos a un asunto pendiente que a una posibilidad abierta, aún capaz de encontrar su momento.
Constata con serenidad que hace tiempo que no mantiene contacto con la administración de la orquesta. Lo dice sin énfasis ni dramatismo. Lo que permanece es otra cosa: el recuerdo, el afecto y la certeza de un trabajo compartido. La distancia institucional no borra la cercanía artística ni el vínculo construido a lo largo de los años.
Simplemente, un trabajo colectivo que, llegado a su término, debía dar paso a otra fase. Y es precisamente ahí donde su pensamiento musical vuelve a enlazar con la gestión del tiempo y de los procesos artísticos.
Entre las frases de su maestro, Sergiu Celibidache, hay una que sigue resonando con especial fuerza, que resume, con crudeza, la fragilidad de cualquier proyecto artístico:
Educar fenomenológicamente una orquesta lleva unos seis años; destruirla puede hacerse en pocos meses.
Al llegar a la pregunta que recorre toda esta serie —qué desea hoy para la Real Filharmonía de Galicia en su 30.º aniversario—, su respuesta es inmediata y sencilla:
Me gustaría estar con ellos y celebrarlo juntos.
No habla de la institución ni de la efeméride: habla de estar con ellos.
Cuando se le pregunta si le gustaría volver a dirigir a la RFG, responde sin dudar que sí. Y al imaginar qué repertorio escogería para ese posible reencuentro, no menciona títulos concretos, sino una idea clara:
Una obra grande, capaz de mostrar todo el potencial de la orquesta.
En ese horizonte, la cercanía de su 90.º cumpleaños en 2027 se dibuja como un posible lugar de encuentro: no desde los cargos ni los títulos, sino desde la música y la historia compartida. Una historia que él mismo resume con palabras sencillas y definitivas:
La Real Filharmonía ha sido mi última familia artística musical.
Antes de que llegue esa fecha simbólica — ese 29 de febrero que este año celebraremos el día 28—permanece la escucha: la memoria, el afecto y una historia viva, hecha de nombres, de música y de tiempo compartido.
Con la voz de Ros Marbà aún resonando, el relato continúa. En la próxima entrega, la palabra ya no será una sola voz, sino muchas.
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