Anatoli Liadov (San Petersburgo, 1855; Nóvgorod 1914) no perteneció al 'grupo de los Cinco' -es un poco más joven- pero fue siempre muy cercano a ellos, se movía en los mismos ambientes, y tuvo mucha relación especialmente con Rimsky-Korsakov. Como profesor de composición del Conservatorio de San Petersburgo, desde que tenía sólo 18 años y recién terminados sus estudios, fue profesor de muchos de los grandes compositores de las siguientes generaciones como Serguéi Prokófiev, Nikolái Miaskovski, Mijaíl Gnesin, Borís Asáfiev o Nikolái Malkó.
En mayor medida aún que otros de estos maravillosos compositores rusos de la Belle Époque, el problema de Liadov fue la 'pereza', defecto que se le atribuye a casi todos los del grupo de los Cinco, aunque cabría preguntarse si era pereza o problemas endémicos en el mundo musical ruso, aún muy dependiente de los compositores e intérpretes extranjeros, lo que provocó que tantos de ellos obviaran la composición de grandes obras y se quedaran en el mundo de las pequeñas piezas para piano, algo de música de cámara y los poemas sinfónicos descriptivos y muy populares, y por tanto fáciles de estrenar como 'piezas características' y locales en programas de concierto dedicados a los 'grandes maestros' de Europa Occidental.
De la amplia producción de música para piano de Liadov -casi cuarenta colecciones de piezas-, el pianista franco-libanés Billy Eidi (Egipto, 1955) ha elegido veinticinco -de trece opus distintos- escritas entre 1885 y 1905. Sin duda la elección se ha basado en sus gustos personales, con una preferencia evidente por las escritas en lo que llamaríamos su época central, incluyendo un Prélude-Pastorale de 1894 sin número de opus.
Son casi todas ellas piezas breves: excepto el Idylle Op.25 (1891), que dura casi siete minutos, la mayoría apenas llegan a los tres minutos. Eso le da una enorme ligereza al disco, puesto que continuamente están oyéndose cosas distintas. Como es de esperar hay mazurcas, bagatelas, preludios y valses, y unas pocas piezas 'características'. Ante tanta variedad, no es fácil destacar piezas concretas. A mi me resultaron especialmente atractivas la 'Mazurka rustique' de los Deux Morceaux Op.31 (1893), cuya primera parte suena como muy campesina, sin la elegancia de las de Chopin; el Idylle Op.25 (1891), una de esas obras que parece no ir a ninguna parte por lo que resulta relajante, algo similar a lo que ocurre con la última de las 'Mazurkas' del disco, la que cierra los Trois Morceaux Op.57 (1900-1905); armónicamente Liadov es muy 'liberal' y no sólo evoca a Scriabin sino especialmente a Debussy, un compositor mucho más vinculado a la música rusa de lo que suelen destacar sus biógrafos, que mayoritariamente han elegido una visión 'nacionalista' francesa obviando que sus tres veranos como pianista 'doméstico' de Nadezhda von Meck (1880-82) fueron decisivos para su evolución desde un estudiante dotado pero muy irregular, hasta el joven compositor que ganó el Premio de Roma en 1884.
El folleto del disco, firmado por el compositor Guy Sacre (con quien Eidi ha colaborado con frecuencia), habla de la influencia de Schumann en sus primeras obras. Y sin duda la hay, pero no sé si es la más importante. Liadov, como tantos otros compositores de salón, es muy habilidoso en recoger influencias de todas partes y acertar con el gusto del público. Y había muchas influencias posibles en estos años finales del siglo XIX -incluso primeros del siglo XX- porque el piano, sobre todo el doméstico, estaba en una época que ya no se sabe si denominar de apogeo o de inundación, por la enorme cantidad de obras que se estrenaban, pero sobre todo se publicaban, ya no sólo en las editoriales de música, sino en cualquier revista, especialmente en las destinadas a mujeres.
Como la mayoría de estos compositores y obras han desaparecido del repertorio es difícil en la actualidad moverse en este ambiente y atribuir todas las influencias -como hace Sacre- a Chopin (especialmente en sus preludios y mazurkas), Schumann y Liszt -la gran trilogía del piano, o el cuarteto si añadimos a Brahms- es encoger demasiado las posibilidades, aunque eso sea lo más obvio. Y sin duda esas son las referencias para el oyente.
No sé si quién busque originalidad en estas obras de Liadov quedará satisfecho porque si bien hay innovaciones importantes -casi tantas como en Scriabin- no se perciben a primera vista. Quien busque música bonita, sin duda sí disfrutará.
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