Vox nostra resonat

No me explique usted el orgasmo

Vicente Salvá
Hamlet moderno con zapatillas Hoka Hamlet moderno con zapatillas Hoka © 2026 by Vicente Salvá
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Notas desde la Sala Mozart del Auditorio de Galicia

Querido público:
Yo soy el actor que hará de Hamlet esta noche. Se me ocurrió a mí solito que os cuente de qué va la obra:
Algo huele mal en Dinamarca. El reino está dividido. El rey ha muerto y su hermano ocupa el trono. La reina comparte ahora lecho y corona con el usurpador y celebra, exultante, la división del pueblo. Una noche aparece el fantasma y revela que fue asesinado. Hamlet decide fingir locura para investigar, aunque pronto nadie sabe si finge o si simplemente es lúcido en exceso. El mismo organiza una representación teatral para desenmascarar al nuevo rey. Funciona: la culpa salta al escenario. Las dudas se amontonan, las decisiones llegan tarde y los errores se vuelven irreversibles. Hay cartas, muchas cartas, venenos, espadas, traidores y traiciones. Ofelia, la novia del príncipe, pierde la razón y muere. La reina bebe lo que no debe. El rey paga su crimen. Hamlet comprende todo justo antes de morir. Entra un rey del norte, procedente de un territorio de lagos quietos y puntualidad alpina, y el muy oportunista se queda con el reino. Telón.

Y ahora imaginen que, tras esta explicación preventiva, el actor decide continuar veinte minutos más explicando por qué cada escena es importante, qué emoción exacta deben sentir ustedes y qué quiso decir realmente el autor.

Exactamente eso ocurre hoy en la música contemporánea, que se destripa en la Sala Mozart del Auditorio de Galicia, en Santiago de Compostela.

Antes de que suene una sola nota, los compositores comparecen como si pidieran permiso para existir. Explican, justifican, contextualizan y subrayan. (Los más obedientes incluso dedican su obra al director, para que el vasallaje sea completo). Luego vuelve a la carga el director, decidido a aclararlo absolutamente todo, como si la música fuera culpable hasta demostrar lo contrario. Y, al terminar, por si los pobres espectadores no se han quedado con la copla, vuelta a empezar sobre el escenario de la sala grande. Un suplicio.

Una cosa es conversar con el público: dos frases, una sonrisa, un puente humano.

Otra muy distinta es destripar la obra como quien explica Hamlet en voz alta, antes de que se levante el telón.

Explicar demasiado no educa, señores: justifica. No acerca: empequeñece.

Es como dos personas dispuestas a hacer el amor y una de ellas anuncia:

—Antes de empezar te explicaré cómo será, por dónde iremos, cuántas veces… y el momento exacto en que deberías estremecerte.

La música, como el deseo, necesita riesgo y misterio.

Y la música muere cuando se explica antes de suceder.

Yo aquí lo dejo. (A ver si suena la flauta).

Y ya que hemos citado a Hamlet, conviene recordar un detalle: en la escena de la ratonera, el príncipe no utiliza a los actores para explicar nada, sino para atrapar a alguien. No hay pedagogía. Hay una trampa.

Quizá por eso el publirreportaje de Mario Muñoz Carrasco 30 años de la Real Filharmonía de Galicia. Música y conciencia encargado por el Consorcio de Santiago a la revista Scherzo resulta tan pulcro y tan aséptico: no busca desenmascarar, sino tranquilizar.

No es una ratonera. Es anestesia. Y con anestesia, nunca cae ningún rey. Y mientras tanto, los músicos de la Real Filharmonía de Galicia siguen dentro de la jaula, esperando a que alguien se atreva, al menos una vez, a apagar las luces y dejar que la música —o la verdad— ocurra sin explicación previa.

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